Descenso a los infiernos
Por Claudia Mercatante
El brillo de los puñales se alzaba
en medio de la espesa atmósfera. Gritos de odio.
Gritos de muerte. Se escuchaba el estallido de los vidrios
de un coche. Por todas partes, con suma violencia, vomitaba
amenazas el gentío... - ¡Muera el tirano!
¡Viva el Rey! ¡Abajo el tirano! ¡Hay
que ahorcarlo! ¡Vivan los aliados! ¡Abajo
la muerte! ¡Viva la coalición! ¡Vamos
a degollarlo! ¡Entregadlo! ¡Sí!
¡Sí! ¡Qué esperáis! ¡No
vamos a detenernos hasta derramar su sangre! ¡Maldito
bastardo! ¡Lo descuartizaremos! ¡Sí!
¡No permitiremos que se vaya con vida! ¡Vamos!
¡Vamos! ¡Os los exigimos! ¡Entregadlo!
¡Entregadlo!
Para evitar que ajusticiaran al prisionero uno de los comisarios
aliados que lo custodiaban, un general ruso, intervino tomando
la palabra en perfecto francés ante la multitud enardecida.
- ¿No os da vergüenza insultar a un desdichado
que no puede defenderse y que ya está bastante humillado
por la triste situación en que se encuentra? ¡Abandonadlo
a su suerte! ¡Miradlo! La multitud volcó furiosamente
sus espumarajos de rabia. - ¡Podéis
ver que el desprecio es la única arma que debéis
usar contra este hombre que ha dejado de ser peligroso!
“Palabras que como un eco suenan en mis oídos“
-piensa el prisionero-. “Triste situación.
¡Abandonadlo a su suerte! ¡El desprecio! No
comprendo. Juro que no lo comprendo. ¿Quién
es el condenado del cual se ha hablado tan cruelmente?...
¡Dios mío! Un sinfín de visiones, gritos
de odio y muerte golpean con vehemencia mi mente perturbada.
¡Voy a enloquecer! ¡Sí! ¡A enloquecer!
¡Me siento acorralado! ¡Aterrado! Estoy cautivo,
paralizado por completo por el pánico. Un muñeco
con mi nombre en el pecho, mi imagen empapada en sangre
pende de una cuerda y se balancea grotescamente como la
de un ahorcado. Fantasmagorías horrendas que me persiguen
sin tregua como a un vulgar y miserable bandido, o como
a un cobarde... ¿Qué hago con la escarapela
blanca puesta y cabalgando delante de mi coche disfrazado
con un capote azul de postillón?... ¿Yo,
disfrazado de postillón, de sirviente? Miro a mí
alrededor desconcertado, confundido. Estoy en medio de una
pesadilla. De una terrible pesadilla, y sigo sin comprender
nada, o quizás..., mi alma se niega a comprenderlo.
Soy prisionero de mi destino que me arrastra con toda su
fuerza hacia la fatalidad. Es implacable. No tengo poder
para torcer sus decisiones, porque mis manos están
sujetas con grilletes de hierro. Mi estrella declina, y
no puedo hacer nada. En este peligroso tablero de ajedrez
soy un peón ¡Sí, sí!
¡Un peón del Sabbat que se mueve según los
designios de los Maestros Iluminados. Si tan sólo
hubiese muerto en Fontainbleau...”.
El prisionero recordaba... El palacio estaba sumergido
en el silencio. Desde que fue a Rusia siempre llevaba una
bolsita que contenía un veneno que estaba formado
por opio, belladona y heléboro blanco, el cual había
sido preparado por su cirujano. Un camarero que vela en
un gabinete contiguo al de él, oye verter agua en
un vaso. Luego alguien entra a su dormitorio y lo invita
a tomar asiento. El visitante se queda asombrado, pero obedece
sin hacer ninguna pregunta. Él comienza a contarle
la grave situación de las cosas, que le privan de
su esposa y de su hijo, en definitiva, que no ve desgraciadamente
la salida por ninguna parte.
- Dadme vuestra mano. Abrazadme. Deseo que seáis
feliz. Vos lo merecéis. Espantado, su amigo imaginó
inmediatamente lo que había hecho, y sus lágrimas
descendieron por sus mejillas y bañaron las manos
de su interlocutor. Él le impartió algunas
instrucciones finales. Después comenzó a sentir
fuertes dolores de estómago y a hipar con violencia.
No permitió que le llamase a un médico. Se
opuso tenazmente y con todas sus fuerzas lo aferró
a su amigo por el cuello y la chaqueta y lo inmovilizó
para que no pudiera pedir ayuda. Su cuerpo se enfrió
mucho, y luego comenzó a arder. Sus miembros se le
pusieron rígidos, el pecho y el estómago se
le agitaban, todo su ser se agitaba, pero él apretaba
obstinadamente los dientes, para evitar el vómito.
Luchaba con la tenacidad de un guerrero contra su propia
vida. Durante uno de estos violentos espasmos, cuando la
mano que lo aferraba se aflojó un momento, su amigo
se precipitó fuera de la habitación y pidió
finalmente ayuda. Todo el palacio repentinamente perdió
la calma en medio de una movilización general. Rápidamente
retornó acompañado por el médico y
otras personas. - ¡La muerte no me quiere!
¡La muerte no me quiere! -le gritaba al médico en
medio de su terrible desesperación...
“¿Por qué? ¿Por qué?
¡Ay, ay, amigo mío!” -cavilaba mientras
cabalgaba-. “¿Por qué no me dejaste
llevarlo a cabo? ¡Morir, morir! ¡Tan sólo
morir por mi propia mano, como un soldado!...Todo parece
estar perfectamente trazado; como escrito en los cielos.
¡Estoy perdido! Malos presagios me asechan constantemente.
Me encuentro rodeado por lobos voraces que buscan con ansiedad
quebrar mi resistencia, destruirme. En cada alimento que
me ofrecen veo el vil engaño, el complot, la perfidia,
o peor aún, el trato humillante que debo soportar.
Yo, un Oriente, un iniciado en los arcanos misterios de
la Orden de Hermes, un Gran Maestre de órdenes militares,
verme obligado a renunciar a los tratamientos que corresponden
a mi jerarquía para salvaguardar la existencia...
Prisionero y postillón a la vez de los comisarios
aliados que me custodian, que me vigilan. Me hacen insoportable
la vida. ¡Malditos! ¡Mil veces malditos! En
un momento de crisis les he pedido, les he suplicado con
lágrimas en los ojos que se cambie el itinerario;
subir hasta Lyon y pasar a Italia, para embarcarme allí.
¡Pero no! ¡No, no! ¡Se niegan!
¡Son todas excusas! ¡Excusas nada más! Que
se deben obedecer órdenes o que no están autorizados
a cambiar el camino a seguir. Que corre peligro mi vida.
¡Excusas, excusas! ¡Malditos! ¡Son
sólo excusas! ¡Los odio! ¡Los odio!
Ellos buscan la ocasión para el vejamen, para denigrarme,
y para el crimen. Quieren borrar las cosas que he hecho,
mi vida, mi nombre bajo un manto de oprobio. No se detienen,
cuando tienen entre sus mandíbulas a su presa, hasta
verla destrozada. ¡No se detienen! ¡No! ¡Y
esa presa soy yo! ¿Quién no quiere ser apuñalado,
a cambio de ser César?... ¡Pero esto no! ¡Por
favor no!”
- Señores, señores todo viaje tiene sus avatares.
Todavía falta parte del trayecto. Disfrutemos de
nuestra mutua compañía -dijo el comisario
inglés a los demás, con una amable sonrisa.
- En verdad tenéis razón -acotó
el comisario austríaco-, aun tenemos algunos días
por delante. Disfrutemos del paseo.
- ¿Qué os parece nuestro nuevo postillón?
-preguntó el comisario ruso con ironía.
Es bastante callado y con un cierto aire de tristeza en
su rostro, pero parece que hace muy bien su trabajo -comentó
el comisario prusiano-. Ahí lo tenéis, delante
de vuestro coche, delante de vuestros ojos. Por cierto,
todo un hallazgo. ¿Quién lo hubiese pensado?
¿Quién lo hubiese creído? - Mi
querido conde, -le contestó el comisario inglés-,
fueron demasiadas pretensiones para un advenedizo. Los hechos
se revelan por su propio peso, y todo ha quedado al descubierto.
Lo de él (sonriéndose), fue tan sólo
una sucesión de hechos fortuitos. Nada más
que golpes de suerte en su frenética carrera por
el poder. Una carrera alocada... - Que arrastró
a toda Europa -lo interrumpió el comisario prusiano.
- Verdad conde -replicó el comisario inglés-.
Verdad, pero ahora volvió todo a su cauce normal,
a la paz tan ansiada, y eso es lo que realmente importa.
Toda Europa quiere la paz, la misma Francia quiere la paz.
El mundo entero quiere la paz. Él lo único
que hizo es darle un nombre a meras aventuras. Es un mercenario
como sus antepasados genoveses. - ¡Ciertamente! -afirmó
el comisario austríaco. - Es más -continuó
el comisario inglés-. Con su afán desmedido
de conquista tan sólo lo que logró es darse
aires de César o de Alejandro Magno a costa de la tranquilidad
general. - Es un enemigo y perturbador de la paz, un bribón,
un ser que está al margen del género humano
-agregó el comisario austríaco. - ¡Qué
locura! ¡Cuántos delirios de grandeza! ¡Ahí
tenéis al gran monarca guerrero que deseó
establecer un imperio universal! ¡Qué fabulosa
epopeya! ¡Ja! ¿Y ahora?... Muy valiente resultó
el advenedizo. Lo único que sabe hacer en este momento,
cuando cree que nadie lo observa, es lamentarse y llorar
su infortunado destino. Ni mencionar cuando se ocultó
en la posada, por miedo a la chusma, detrás del general
Bertrand. ¡Ja, ja, ja! Mirad al que nunca ha temblado
bajo las balas. ¡Bah! Todo un héroe señores,
todo un héroe -dijo el comisario ruso, saboreando
cada palabra. - No ha sabido morir como un soldado, es un
pusilánime -prosiguió el comisario inglés-.
¡Qué bueno! ¿Unificar todo?
¿Ser el Gran Oriente de la Europa entera?... ¡Qué
pretensiones! ¡Es totalmente descabellado!
¡Ridículo! ¡Pero bien! ¡Ya acabó
por fin toda esta novela! ¡Ved qué caída
histórica! ¡Fijaos adónde lo ha conducido
semejante conducta, semejante teatro! - A ser un pobre postillón.
No es más que despojos dispersos; un juguete de los
hados, del destino -contestó el comisario austríaco.
- Bien lo ha dicho general -le dijo el comisario inglés-,
bien lo ha dicho. Su alocada carrera no podía estar
signada más que por el desastre ¡Su ruina!
¡Él se lo ha buscado! ¡Que dé
gracias si todavía está vivo! Si no hubiera
sido por nuestra presencia e intervención lo hubiera
despedazado la chusma. ¡Cuántas ganas tenían
de colgarlo como a un perro! ¡Ja, ja, ja! ¡Él
es el único culpable, y es el precio que debe pagar!
- También son culpables los que han financiado su
loca carrera, como el Sindicato Financiero Internacional:
Baring, Hope, Boyd, Parish, Bethmann y Rothschild -replicó
el comisario prusiano en un golpe de audacia. - Mi querido
conde, por favor, no perturbéis vuestro ánimo
con preocupaciones -le habló con una amabilidad estudiada
el comisario inglés-, dejad que las cosas transcurran
por sus canales definidos y establecidos... ¿Para
qué abrumarse innecesariamente? - Tenéis razón
coronel -le contestó el comisario prusiano con una
dura mirada. - Veis. Nos entendemos perfectamente -afirmó
el comisario inglés-. Este hombre es culpable; esto
está claro para todo el mundo, y por lo tanto ha
de pagar los crímenes que ha cometido, hecho por
el cual no le da ninguna libertad para pedir nada.
¡Nada en absoluto! ¡Ya no tiene el poder que ostentaba,
y eso lo tiene que entender bien, le guste o no! Él
es un prisionero, ¿qué pretende?... No vamos
a atender sus objeciones como la de querer que cambiemos
el rumbo establecido. ¡Está loco!
¡De pensar que antes le daba ordenes a todo el mundo el bribón,
y ahora pide, suplica, lloriquea el muy cobarde! Llegó
el momento en que sienta lo que nunca sintió, y va
a comprender por las buenas o por las malas, lo que nunca
quiso comprender. Esto para él no es un paseo, y
le tiene que quedar muy claro. ¡Su vida pende de un
hilo! ¡Sí, de un hilo!, como os estoy diciendo,
señores. Su vida está en una balanza y en
cualquier instante los platillos se pueden inclinar para
un lado como para el otro. ¡Así de fácil
y de simple! Hay disposiciones superiores que nuestro entendimiento
desconoce, pero que se deben acatar y nosotros somos sus
fieles depositarios. No hay que olvidar que él jugó
con cosas prohibidas, con cosas muy peligrosas..., y estos
jueguitos son caros y se pagan muy pero muy caro. Más
caro de lo que piensa, de lo que cree. ¿Cómo
os diría?..., es una especie de sacrificio ritual
a los dioses, ¿me comprendéis?... Son cuestiones
de tiempos, de momentos nada más. Bueno. Mis estimados
señores, espero que todo sea por el bien de Europa.
“¡No!¡No! ¡El escarnio no!”
-pensaba el prisionero mientras cabalgaba por el camino-.
“¿Cuanto más tengo que padecer?
¿Qué cosas están destinadas a ocurrirme?...
Sólo la confusión y el caos reinan en mi mente...
Es como un velo oscuro que se cierne sobre mí. Mi
guardia. Mi fiel guardia me acompañó hasta
Briaire; después..., quedé en manos de la
escolta, de los cuatro comisarios aliados y de mi incierto
destino... Realistas, sicarios bien pagos del conde buscan
con ansias mi vida. ¡Sí! ¡Me rodean!
¡El gentío! ¡Rodean mi coche!
¡Hacen añicos los vidrios! ¡Rodean la posada!
¡Quieren ajusticiarme! ¡Se multiplican sus
gritos en mis oídos! ¡No me dejan en paz!
¡Los escucho constantemente! ¡Me persiguen!
¡Quiero gritar! ¡Basta! ¡Basta!
¡Por Dios..., no resisto más!... ¿Dónde
estoy? ¿Qué ha sido de mí?... Nombres
discurren fugazmente por mi cabeza: Austerlitz, Marengo,
Wagram, Rívoli, Arcole... El puente de Arcole...
Fue una locura. ¡Qué escena! ¡El fragor
de la batalla! ¡La exaltación! ¡Ardía
de coraje! Los cañones austríacos vomitaban fuego
sobre el puente. De repente, mi caballo fue herido. Enloquecido
por el dolor, galopó hacia las filas enemigas y se
hundió en un pantano donde me arrojó. Me vi
de pronto sumergido hasta los hombros en el lodo espeso
del pantano, bajo un intenso fuego enemigo. Estaba inmovilizado.
Si descargaban contra mí, no iba a poder ofrecerles
resistencia; pero por fortuna mi hermano y un joven oficial
consiguieron acercarse hacia el pantano y salvarme la vida.
Mi vida, que ahora para muchos no vale nada. ¡No,
nada! ¡Traicionado! ¡Abandonado por todos!
Solo ante mis enemigos. Solo ante mi destino... Oscuro destino...
De pronto ante mi mente turbada, agitada por los pensamientos,
se me presentó la imagen de la isla de Malta. Es
como si la estuviese viendo ahora... El 9 de junio de 1798
llegué a sus costas a bordo del navío insignia
“El Oriente”. Allí me convertí
en adepto de la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén.
El Gran Maestre, que era de origen alemán, y sus
caballeros estaban severamente ataviados con amplias capas
de seda negra y adornadas por enormes cruces blancas de
Malta. Los estandartes que vi ostentaban con sobriedad el
escudo de la Gran Orden. Fascinado quedé ante todo
aquello que se presentaba ante mis ojos. Recuerdo muy bien
aquel día... Luego de varias reformas que se me habían
encomendado hacer en la isla partí nuevamente rumbo
a Egipto. ¡Mi viaje a Egipto!... Un extraño
ejercito me acompañaba, compuesto de eruditos, científicos
y artistas. Eran más de ciento cincuenta y algunos
de ellos pertenecían a la logia de los Hermanos-Artistas
de París, en cuyo marco tiempo después se
formó la Orden Sagrada de los Sofisianos. Mis oficiales
eran altos dignatarios del Rito de Menfis; mas yo fui iniciado
en ese rito en la pirámide mayor, y recibí
un anillo de la mano de un venerable anciano. Eran todos
hombres de gran valentía, y yo me sentía muy
orgulloso de ellos. De noche nos sentábamos en la
cubierta de “El Oriente”, donde se sentía
un agradable viento tibio de principios del verano. Las
preguntas surgían una tras otra y se abría
animadamente el debate: ¿Cuál es la antigüedad
de la Tierra? ¿Los pensamientos son una guía
fidedigna del futuro? ¿Quién hizo a las estrellas?
¿Los planetas están habitados?... Un mundo
maravilloso y incomprensible se abría paso a paso
ante mí, y del cual regresé verdaderamente
colmado de fabulosos recuerdos... Egipto, civilización
antigua. Tierra de faraones, de arcanos misterios isíacos.
Todavía tengo fresco en mi memoria el momento en
que los arqueólogos desenterraron la momia de un
faraón... Me quedé largo rato observándola,
absorto permanecí ante tanto poderío; o La
Gran Pirámide que se alza majestuosa en este enclave
mágico. ¡Sí, mágico! Ni más
ni menos que cuarenta siglos me estaban contemplando
¿Cómo dar respuestas a sus múltiples enigmas?...
Es un laberinto inexpugnable ¿Qué grandes
secretos encierra? ¿Será el pasado, el presente
y el futuro de la humanidad?... ¿Todo estará
contenido en sus primigenias palabras de piedra?...
¡Un misterio, un auténtico y fascinante misterio!
Su lenguaje es el más complejo de la Tierra; un intrincado
lenguaje que bien pudo haber venido de las estrellas...
¿Cómo poder descifrarlo?... Es todo un desafío.
En la Gran Pirámide se encuentra la Geometría
Sagrada. ¡Sí, sí! La que proviene del
Gran Arquitecto del Universo. Es una genuina piedra filosofal
del hermético pensamiento celeste, del saber infinito...
Es un verdadero tesoro que se aleja más y más
de las vanas disquisiciones humanas. ¿Cómo
alcanzarlo?... ¡Dios mío! ¿Cómo?
¿Imposible?... Espero que no. ¿Cuántos
senderos habrá que recorrer arduamente para llegar
a él, el Cetro Iniciático? ¿Cuántas
pruebas habrá que pasar? ¿Cuántas?...
Preguntas y preguntas se agolpan sin descanso en mi mente.
La búsqueda del conocimiento es una lucha constante
en donde se arriesga también la vida. Es el viaje
interior por los caminos confusos y conflictivos de uno
mismo. ¿Será irrealizable? ¿El fracaso
me espera?... Grandes dificultades esperan al adepto en
el difícil camino de la gnosis. Barreras, miles de
infranqueables barreras protegen el núcleo central
del conocimiento sagrado, divino... Es el templo secreto,
la habitación del medio donde se reúnen los
iniciadores y los hombres verdaderos, los hombres justos.
Es la logia invisible donde lo espiritual prevalece sobre
lo material, la inteligencia sobre el instinto y el saber
sobre la violencia. El Espíritu o Principio Universal
de la vida es la conexión sagrada del hombre con
el Gran Arquitecto, con la Gran Obra. La perfecta relación
entre el microcosmo y el macrocosmo, el fin último,
la iluminación... La trasmutación de la condición
del hombre ignorante y condicionado a la del hombre nuevo
y libre; es la obtención de la plena autonomía
espiritual. Morir a la vida profana para buscar la unión
con el Cosmos; trascender la condición humana y lograr
un modo superior de ser. Es la iniciación. Una sagrada
ceremonia de transformación, un arcano ritual en
donde las aventuras, muerte y resurrección de una
divinidad son depositadas en la persona, en la mente del
neófito, para dar luego paso a los cambios más
profundos, a los nuevos conocimientos, la gran revolución
de los cuerpos celestes y su poderosa influencia sobre la
Tierra... La noche de los tiempos con sus alas negras se
cierne sobre mí y me cubre totalmente... La imponente
Esfinge de Gizeh en cuyo interior se hallan inconfesables
secretos, que un fiel adepto debe callar, como que allí,
debajo de su vientre, se encuentra la tumba de nuestros
primeros padres, Adán y Eva; o la Tabla de Abydos,
que es una grabación completa de los jefes de la
raza humana hasta el mismo Adán. ¡Ciertamente
increíble! ¿Adán el primer faraón?...
Es un hallazgo asombroso. Un impresionante relieve en cuyas
formas está trazado cuidadosamente el origen de la
humanidad... Todo un templo sagrado bajo la roca. Muchos
pasadizos se hallan dentro de ella, y dibujos..., gran cantidad
de dibujos que por lo que puedo discernir hablan sobre el
ignoto futuro de los seres humanos. Futuro que indudablemente
se hallan en las estrellas. Los egipcios lo sabían
muy bien... Sirio y sus estrellas circundantes vigilan la
Tierra como guardianes; como sus guardianes, y a nosotros
con ella... ¿Quizás no somos prisioneros
del destino que nos imponen caprichosamente los dioses?
¿Cuán grande es nuestro libre albedrío?...
Todo el calendario faraónico giraba en torno a los
movimientos de Sirio, que para los antiguos iniciados egipcios
la diosa Isis, madre del mundo, era un símbolo de
Sirio y el dios Osiris, esposo de Isis, simbolizaba a la
compañera oscura de Sirio. Más una tercera
estrella que está próxima a Sirio tenía
su correspondencia simbólica con la diosa Sathis.
Dioses y diosas nos rodean e intervienen sigilosamente en
las acciones y el porvenir de la humanidad. El porvenir...,
una palabra que para mí está marcada funestamente
por la tragedia, por la desgracia...”
- Señores, su desgracia ha consistido indudablemente
-comentó el comisario inglés-, en no haber reparado
en las circunstancias reinantes. Todo lo que estaba realizando
no podía tener una larga duración simplemente
por una cuestión de sensatez; virtud de la que siempre
careció. ¡Tal es la suerte de este usurpador
vencido! Francia ya estaba harta de sus guerras, de sus
victorias y anexiones. Él ha conspirado contra su
suerte, y todo debido a su gran falta de sensatez. Sin más,
tiene que desaparecer del escenario del mundo pues es tan
sólo un cadáver. La catástrofe lo arrasó
a grandes pasos (sonriéndose). ¿Qué
más le queda, señores, a este pobre postillón?...
- ¡La muerte! ¡Sí! ¡La muerte
o la deshonra! -agregó el comisario austríaco-.
¡No merece otra cosa! ¿Qué se cree, un héroe
caído? ¡Bah, un héroe! ¡Yo no
veo ningún héroe por aquí!
¡Tan sólo un postillón! ¡Ja, ja, ja!
¡Un miserable postillón! - Estoy totalmente
de acuerdo -dijo el comisario ruso-. Quien desee respeto
debe conservar su jerarquía a costa de su propia
vida, pero... ¿Acaso no recordáis la cara
que puso cuando vio que la chusma enardecida lo quería
ahorcar?... Es un cobarde señores, un verdadero cobarde
que no merece, a mi juicio, ningún tipo de respeto.
¡Qué valeroso Gran Maestre! ¡Ja, ja,
ja! ¡Por favor! ¡Lo único que supo
hacer es ensangrentar la Europa entera! ¡Debería
pagar todo esto con su propia vida! ¡Sí, su
vida que no vale nada! Pero órdenes son órdenes. Es una
lástima..., una verdadera lástima el no haberlo
podido entregar para que lo mataran. Señores, hubiese
sido todo un acto de justicia, se los aseguro -subrayó
con energía-. ¡Muerto a manos del gentío!
¡Eso es lo que merecía el advenedizo!
¡Que sintiera el azote del populacho en carne propia!
¡Sí, en carne propia! ¡Tiene suerte todavía
el muy bribón, porque aún se le da mucha consideración,
mucha más de la que realmente tendría que
otorgársele! - Señores, creo que en todo
esto se debería ver el sentido práctico de
las cosas -agregó el comisario prusiano. -
¿El sentido práctico de las cosas?... -le preguntó
extrañado el comisario ruso. - Por supuesto
-contestó el comisario prusiano-. Él es un hombre
vencido. Bueno, vosotros lo podéis ver por vos mismos.
- ¡Sí, sí! -dijo como sin comprender
el comisario ruso. - Europa ya se está encaminando
hacia la estabilidad -continuó el comisario prusiano-,
esa paz que todos ansiamos tanto. Él tendrá
el destino que se le ha asignado. Se lo quitará definitivamente
de los asuntos de Europa, que es lo que deseamos todos,
¿verdad? - ¡Por supuesto! -contestó
el comisario austríaco. - Por lo tanto, esta paz,
la de Europa entera -prosiguió el comisario prusiano-,
es lo primero en que deberíamos pensar. - Verdad
conde -replicó el comisario inglés-, pero...
- ¡Sí! -lo interrumpió el comisario
prusiano. - Su presencia tan cercana al continente
-continuó inmutable el comisario inglés-,
no dejará de ser una fuente de disturbios, y por
lo tanto pondría en peligro la paz de Europa.
- ¡Es cierto! -afirmó el comisario austríaco-.
¡Se tiene que tomar una decisión tajante y definitiva!
¡No se debe seguir con resoluciones a medias!,
¿comprendéis?... Su muerte es la única solución
más adecuada, o por lo menos, alejarlo por completo
de Europa, porque pondría constantemente en peligro
el orden establecido. ¡Su presencia es un continuo
obstáculo para la paz! ¡No se puede ser tan
blando con el maldito corso! - ¡Sí, sí!
¡Se tienen que aplicar soluciones de fondo! -afirmó
el comisario ruso. - Señores, con respecto
a dichas preocupaciones que son absolutamente bien fundadas
-dijo el comisario inglés-, se plantean varias soluciones
al respecto... - ¡Bien! -aprobó el comisario
austríaco. - ¿Cuáles son? -preguntó al comisario
prusiano. - Como les decía, -continuó
el comisario inglés-, hay varias propuestas para
la eficaz solución a dicho problema: una de ellas
es enviar al prisionero a las Azores, la otra posibilidad
es Corfú, o si no la pequeña isla de Santa
Elena... Estos temas se están tratando diligentemente,
pero todo es aún muy prematuro para afirmar cuál
va a ser la decisión final. - No es mala la
idea de las Azores. ¡Me gusta! -comentó el
comisario ruso. - A mí me agrada más la isla
de Santa Elena -comentó el comisario austríaco-,
con sus calores tan tórridos, sus lluvias tropicales
y el terreno agreste..., es un ataúd flotante, un
lugar ideal para una persona como él.
- ¿Qué decís al respecto conde?... -preguntó
el comisario inglés al comisario prusiano.
- Muy simple coronel, me atengo a las disposiciones que se
establezcan -le contestó fríamente-.
Estimado conde -dijo el comisario inglés-, sois vos
una persona muy inteligente. Siempre tenéis oportunamente,
esa cuota esencial, para dar una contestación apropiada.
- Gracias, coronel -contestó el comisario prusiano.
- Es por eso, mi querido conde -prosiguió-,
que vos y yo estamos siempre perfectamente de acuerdo...
¡Ah!, se va deteniendo el coche. Bueno veo que por
fin vamos llegando a la posada. - Parece que sí -asintió
el comisario austríaco. - Mi querido conde -se dirigió
el comisario inglés al comisario prusiano-, cuando
bajéis del coche dirigíos discretamente hacia el
prisionero. Acompañadlo a la habitación de
la posada, quedaos allí y conversad con él
para ver en qué estado se encuentra... Sé
que dejo todo en muy buenas manos, porque aprecio vuestro
tacto y discreción. Estoy seguro que me comprendéis
muy bien. - En verdad coronel -contestó el
comisario prusiano-, os comprendo muy bien, y os doy las
gracias por la confianza que depositáis en mi persona.
- Bien, mi querido conde -respondió con una
sonrisa el comisario inglés-. Creo que ya está
dicho todo. Entonces bajemos sin demora, pues ya hemos llegado.
El prisionero desmontó maquinalmente, y se quedó
con las riendas del caballo entre sus manos; permaneció
quieto, ensimismado en medio de los pensamientos que lo
abrumaban. Mientras tanto, los comisarios descendían
uno a uno del coche; y sin que el prisionero lo advirtiera,
se acercaba lentamente a él el comisario prusiano.
- Por favor, -le dijo el comisario prusiano al prisionero-,
me podéis acompañar porque... De repente se
interrumpió, pues se dio cuenta que el prisionero
no le estaba prestando atención y por ende agregó:
- ¿No me habéis escuchado, señor ?...
- ¡Disculpadme! -contestó el prisionero como
despertando de un sueño-. Estaba distraído.
Fue una torpeza de mi parte el no haberos escuchado. Decidme
lo que queréis. - Acompañadme a la posada
para poderos así indicar cuál va a ser vuestra
habitación -le habló el comisario prusiano-.
El caballo dejadlo en manos de la escolta. - Está
bien. Como digáis -le contestó el prisionero.
Ambos se dirigieron a la posada, y entraron en ella. - ¡Posadero,
posadero! -gritó enérgicamente el comisario
prusiano. - ¡Sí! ¿Qué deseáis,
señor? -preguntó el posadero. - ¡Habitaciones!
¡Nos quedaremos esta noche aquí! Los demás
ya van a venir. - ¡Bueno, bueno! -le dijo el posadero.
- ¡Pero ahora, necesito una inmediatamente! -agregó
el comisario prusiano. - ¡Sí, señor!
¡Seguidme, seguidme! ¡Subid las escaleras,
por favor! - le contestó con diligencia el posadero.
- ¡Bien! -respondió con satisfacción
el comisario prusiano. Subieron a través de unos
crujientes escalones de madera y luego se encontraron frente
a una puerta. - Aquí, por favor, señores -les
indicó el posadero a la vez que abría la
puerta. Ingresaron a la habitación. - Con vuestro
permiso señores -dijo el posadero. - ¡Espera
posadero! -le habló el comisario prusiano-.
¡Trae algo para comer y beber! ¡Vamos! - ¡Enseguida
señor! -le contestó el posadero, y los dejó
a solas al cerrar la puerta detrás de sí.
La habitación estaba humildemente amueblada con una
mesa, dos sillas y una cama. El prisionero y el comisario
prusiano, separados por la mesa, cruzaban sus miradas, como
queriendo saber qué se proponían.
- Me imagino que deseareis comer algo; después de todo
ha sido bastante agotador el día -empezó la
conversación el comisario prusiano. - ¡No, gracias!
-le contestó el prisionero, y bajó la mirada
rápidamente. - ¿Cómo, un viaje tan
incómodo habéis tenido y no deseáis
nada para reponeros?... -le preguntó con insistencia
el comisario prusiano. - ¡No! ¡Os lo agradezco!
¡No os preocupéis! ¡Estoy bien así!
-le respondió el prisionero, al mismo tiempo que
le dio la espalda para mirar por la ventana. - ¡Bien!
-le dijo con desagrado el comisario prusiano-. No debo asombrarme
de nada..., después de todo siempre os habéis
comportado como un obstinado. ¡Un auténtico
obstinado! - ¡Tenéis razón! -le replicó
secamente el prisionero justo en el momento en que se dio
vuelta con brusquedad, para mirarlo fijamente a los ojos-.
¡Además señor, no veo el motivo a esta
altura de los hechos por el cual deba cambiar!
- ¡Yo no pensaría lo mismo...! -le contestó con
frialdad el comisario prusiano. Al instante golpearon la
puerta. - ¡Sí! ¿Quién es? - ¡
Soy el posadero, señor! ¡Traigo lo que me
habéis pedido! -le dijo. - ¡Entra, entra!
-respondió el comisario prusiano. El posadero con
prontitud dejó sobre la mesa una bandeja con cordero
asado, pan, una jarra con vino y dos vasos. - ¿Así
está bien, señor? -preguntó el posadero.
- ¡Sí! ¡Puedes retirarte! -le respondió
el comisario prusiano. - ¡Bien, señor! -le
contestó el posadero y se retiró. Ambos hombres
se miraron nuevamente mientras un aire tenso los envolvía.
- ¡Disculpadme! ¡Olvidad lo que os dije! -habló
el comisario prusiano al prisionero tratando de recomponer
la situación. - Está bien. Como deseéis,
señor -le respondió el prisionero con angustia
contenida; y suspiró..., no pudo evitarlo. Luego
se dirigió a la cama que estaba junto a la ventana
para sentarse; apoyó su rostro entre sus manos y se quedó
silencioso y pensativo... En tanto el comisario prusiano
observaba discretamente al prisionero mientras reflexionaba
sobre lo ocurrido: “No debí haber actuado así.
¡No, no! Fui muy impulsivo. ¡Qué torpe!
¿Cómo salir de esta situación ahora?
¿Cómo?... ¡Qué rabia tengo!
Lo único que logré es ponerlo alerta, y encima
para colmo es un hombre tan, pero tan difícil...
¡Bueno!, voy a intentarlo otra vez, quizás
consiga revertir el error que cometí al principio”.
- Quería deciros... -comenzó el
comisario prusiano. -¿Qué cosa queríais
decirme? -lo interrumpió de manera cortante
el prisionero. - Quería deciros que comprendo vuestra
situación -continuó con amabilidad el comisario
prusiano. - Lástima que los demás no parecen
comprenderla... Al menos eso es lo que aparentan; y lo aparentan
muy bien, os lo puedo asegurar -le contestó el prisionero.
- Bueno, sabéis cómo son las cosas -señaló
el comisario prusiano. - ¡Sí, sí! Sé
bien cual es mi posición -respondió el prisionero-.
Muchas, demasiadas veces en un corto período de tiempo
se esmeraron todo lo posible para que la entendiera cabalmente.
Puedo deciros que de mi situación no me queda la
menor duda. Los dos hombres por un instante se miraron,
se observaron en silencio...; luego el prisionero dirigió
su vista al piso y se sumergió de nuevo en sus pensamientos...
El comisario prusiano continuó observando al prisionero
mientras pensaba: “¡Qué hombre tan difícil!
¡Qué intratable! ¡Qué carácter
de los mil demonios!... ¿Y yo, cometer el error
de confrontarlo?... ¡Qué poco táctico
fui! Me dejé llevar por el primer impulso, en vez
de utilizar la astucia... Es tarde para arrepentimientos
y debo pensar rápidamente en otra cosa...
¡Claro, podría ser!... ¡Sí! Voy a sentarme
a la mesa para comer y beber con absoluta naturalidad. Seguramente
reparará en mí, y comprobará por sí
mismo que todo esta completamente en orden, que no correrá
ningún peligro; entonces así entrará
en confianza, y puede ser que de esta manera logre mi propósito”.
El comisario prusiano se sentó a la mesa y comenzó
a cenar como lo había planeado. El prisionero lo
miraba de tanto en tanto, y sin dejar de sentir cierto recelo...
El comisario prusiano dirigió nuevamente su mirada
hacia el prisionero en el instante que llenaba un vaso de
vino. - Por favor, aceptadme un poco de vino, os aseguro
que está excelente -dijo el comisario prusiano al
prisionero. El prisionero lo miró un momento... Sintió
que tenía sed, y reparó en lo excelente del vino...
Fueron palabras que le infundieron confianza. - ¡Acepto!
-respondió el prisionero al comisario prusiano, al
mismo tiempo que se levantaba de la cama y se dirigía
hacia la mesa. - ¡Servíos! -habló al prisionero,
y le alcanzó el vaso. - ¡Gracias! -dijo el
prisionero. Mientras tanto el comisario prusiano lo observaba
beber y pensaba: “Parece que no me va tan mal, después
de todo... Creo que estoy logrando exactamente lo que me
proponía. Nada de ataques impulsivos. Sólo
hay que usar la astucia. ¡Sí, astucia!”