Luego de más de cuatro años de mutismo se actualizan las actividades de Claudia Mercatante. El silencio no fue
para menos, porque entre 2005 y 2010, después de ardua y larga investigación, escribió su novela "El Prisionero",
obra de carácter ultra-revisionista, escrita sobre episodios poco conocidos de la vida de Napoleón Bonaparte.
No faltaron escollos de toda especie para la concreción de la novela: desde la falta de apoyo de instituciones
y bibliotecas hasta ataques inicuos... Gracias a Dios, "El Prisionero", que tiene su germen en el cuento
"Descenso a los Infiernos", que puede leerse en esta página, tuvo un feliz término. A su vez, la novela que no
transcribimos aquí por cuestiones de espacio, dio lugar a la obra de teatro de carácter unipersonal titulada
"Napoleón ante sí mismo", escrita en diciembre de 2010, y cuyo texto presentamos al público seguidamente a esta
introducción. La música incidental referida en la obra, fue compuesta por el Maestro Gabriel Bergogna.
En otro orden de cosas, para citar sólo algunas, el 24 de agosto de 2007, ofreció en La Casona "Carlos Thays"
del Jardín Botánico de Buenos Aires la conferencia ilustrada "Las Artes en el Siglo XXI", que incluyó la
exposición de varios cuadros suyos y el recitado de sus poemas, junto al Maestro Gabriel Bergogna. También
siguió denunciando al Programa HAARP como el causante de los problemas climáticos artificialmente provocados
por quienes lo manejan, en varias emisoras radiales. Ahora, esperamos que los lectores disfruten de la lectura
de la obra teatral mencionada.
NAPOLEÓN ANTE SÍ MISMO
ACTO ÚNICO
Escena: una habitación en penumbras. Se escucha la música incidental. Hacia la izquierda está
una cama. A la derecha, pero hacia el fondo, rozando el piso emerge de la oscuridad el cortinado de una ventana.
En el centro, pero un poco más próximo al cortinado bordó de terciopelo, Napoleón Bonaparte, que viste un
uniforme verde de coronel de cazadores a caballo, se encuentra pensativamente sentado en una silla estilo
Imperio. A la derecha hay una pequeña mesa, del mismo estilo de la silla, y sobre ella una copa de vino tinto.
Durante aquella situación, una luz lo extrae paulatinamente de las sombras.
NAPOLEÓN
Siento que poco a poco me van dejando solo..., como un barco a la deriva en medio de este nefasto vendaval que
me asecha. Mis fuerzas y mi valor..., son los únicos recursos que me van quedando... (Suspira hondamente debido
a la gran angustia que lo embarga, luego continúa hablando para sí.) ¡Mis fuerzas y mi valor! ¿Cuánto más
resistiré? ¿Cuánto?... Estoy decidido a seguir luchando sin tregua... Perderé la vida; mas no me importa. ¡No,
no me importa nada! ¡En verdad nada! ¡No permitiré que me despojen de mi gloria y de mi honor! ¡No los dejaré!
(Se queda ensimismado, mientras su mirada se pierde en algún punto de la habitación. Luego se expresa, al cerrar
con fuerza su mano izquierda.) ¡No! ¡Rendirme nunca! A cada momento uno se sumerge en diversas pruebas y las
supera con valor. Es como estar encerrado en una cámara secreta, en una tumba; estar oculto en un lugar
subterráneo o en medio del claro de un bosque a la espera de la luz que nos rescate para devolvernos a la
actividad y a la vida misma. Uno debe yacer solitario y envuelto por las tinieblas, abandonándose a esa aparente
muerte como un hombre al que le ha llegado el término de sus días, para después surgir de las cenizas como la
dorada ave, el fénix, y aparecer inmaculado ante esta nueva vida que se nos otorga en la iniciación. (Dice
maquinalmente, al recordar una de las ceremonias en que había participado.) ¡Sí, aquella iniciación donde me
sentí rodeado por el círculo del universo! (Pronuncia con voz grave sus regiones.) Rap, Yop, Oz, Fa... (Hace
una breve pausa, para después invocar al dios de Sirio con consternación.) ¡Oh, Ser Supremo, parece que otra vez
penetrase en ese círculo inconmensurable! (Se queda inmerso en un silencio meditativo, y luego prosigue.)
Siempre vamos a encontrar expresiones, palabras o hechos que nos van a conducir al desaliento o bien a la
reflexión. Están puestos como pruebas en nuestro difícil camino por los hermanos celestes... La sabiduría que
nos haya otorgado el Gran Arquitecto del Universo nos hará actuar de la manera correcta para poder convertir
estos obstáculos, esas piedras, en peldaños para ascender más y más en los arcanos conocimientos sagrados. (Se
expresa, al encontrarse en ese instante por casualidad su mirada con la copa que está sobre la mesa.) La muerte
siempre se nos presenta delante de nuestros ojos como una macabra aparición; pero es tan solo una linterna sorda
que nos señala el sendero... Mas no hay que temer, pues no existe en realidad razón para ello. ¡En verdad es así!
Es tan solo un viaje a través de nosotros mismos que comienza al subir paso a paso una escalera que nos conduce
ante dos columnas que son las depositarias de la sabiduría ancestral; luego se ve el recinto ajedrezado del
templo cuyos cuadros blancos y negros simbolizan la multiplicidad engendrada a causa de la dualidad que está
constituida en su esencia por los pares opuestos que son el día y la noche, la luz y la oscuridad, el bien y el
mal, o el sueño y la vigilia... El Gran Arquitecto del Universo nos ha suministrado todas las valiosas e
indispensables herramientas para poder emprender este viaje iniciático que nos llevará a la gran obra. Pero para
poder obtenerla debemos estar atentos, ser perseverantes y valerosos; no rendirnos ante nada si queremos lograr
nuestro objetivo primordial, que es la búsqueda de lo esencial, lo eterno... Por eso, hay que tener muy en
cuenta y no olvidar el trasfondo de estas palabras: Si la mera curiosidad te ha conducido hasta aquí, ¡vete! Si
tu alma ha sentido miedo, ¡no sigas! Si te crees capaz de fingir ¡tiembla!, pues se te descubrirá por completo.
El crimen nunca quedará sin castigo. Recuerda que la conciencia es un juez implacable. Si sólo tienes amor a las
distinciones humanas ¡sal!, porque aquí las distinciones no se conocen. Si temes que te vean tus defectos
¡desiste!, pues estarás mal en este lugar. Mas si perseveras ¡dichoso de tí!, debido a que serás totalmente
purificado por los elementos, y saldrás victorioso de las tinieblas y del abismo a los cuales estabas para
siempre condenado, y verás por fin la luz divina... ¡Sí, precisamente esa luz que tanto necesitamos y deseamos
porque el hombre nace débil e imperfecto, mas el estudio constante lo fortalece, lo perfecciona y finalmente lo
ilumina! El recibir la luz es ser admitido en los más grandes misterios a través de complejas ceremonias que
penetran nuestra mente y espíritu. Los ojos, por fin dejan de estar vendados después del sagrado juramento, y en
ese preciso momento, deslumbrados y estremecidos a la vez por la repentina claridad que nos envuelve, quedamos
fascinados ante la superioridad y la magnificencia del divino conocimiento... El alma se abandona a sí misma, y
se deja transportar, extasiar por la arcana e infinita sabiduría celeste que es tan compleja como un intrincado
laberinto. El Venerable Maestro es el que trasmite la sabiduría, la luz, mediante la poderosa vibración de la
espada flamígera para hacer que se adquiera la perfección exterior de toda esencia hasta la visión interior de
la conciencia, que es la realidad ajena a todo lo aparente. El Venerable es quien tiene la responsabilidad de
tomar luz de la Luz Eterna y la trasmite a los vigilantes para que puedan encender sus antorchas y de esta
manera llevarla en excelsa ceremonia hasta sus columnas y hacer visibles, de este modo, a las estrellas que
alberga con grandeza la bóveda celeste. La bóveda celeste, las alas de Isis..., es el verdadero templo del culto
más puro, pues es allí donde al hombre se le revela en su totalidad la inmortalidad... (Suspira profundamente
al sentirse embriagado por sus propias cavilaciones.) El saber ilimitado e insondable, la inmortalidad... ¡Qué
gran agitación y a su vez cuánto recogimiento producen estas cosas en el alma, causando una emoción sublime que
hace estremecer con tal intensidad que las palabras no llegan a contener! El hombre fue colocado en la Tierra,
entre el infinito de los cielos y el infinito de los abismos; y en el tiempo, su vida también se halla entre dos
eternidades... Rodeado por todas partes de ideas, de objetos sin límites y de pensamientos innumerables que se
le aparecen ante sus ojos, su ser entero, como millares de luces que se confunden y se desvanecen como una
aparición. El hombre... Sí, el hombre y su eterna e insaciable búsqueda en la soledad y el silencio del Yo
Superior, que no es más que el alma humana, este complejo microcosmo, su Yo real, la piedra filosofal que es el
fundamento del que ama la Verdad Suprema. Es por eso que hay que ir hasta las entrañas de nuestro ser, es el
retorno al centro, la esencia misma que nos conforma. Descender... Sí..., hacerlo sin miedo, y llegar a lo más
profundo de uno mismo y encontrar allí el núcleo indivisible sobre el cual edificar otra personalidad, un
hombre nuevo en el cual se hallan el sol, la luna y también las estrellas. (De pronto descubre que su alma se
despierta de un prolongado sueño, lo cual le provoca una gran agitación que lo hace hablar con voz perturbada.)
¿Qué ocurre? ¿Qué me sucede?... ¿Por qué la incertidumbre me envuelve, la adversidad con sus enormes alas
siniestras? (Al enmudecer por un momento, mira por todas partes con ojos alucinados en medio de la oscuridad de
la habitación, mientras que un viento lúgubre mueve el cortinado.) ¡Qué digo! ¡Qué digo! ¡Por Dios, ya no sé lo
que digo! (Se toma en ese instante el rostro con las manos.) ¿Acaso no me doy cuenta de lo que realmente está
sucediendo, de todo lo que está pasando a mí alrededor?... (Profiere un ahogado quejido.) ¡Haz enloquecido
Prometeo! ¡Haz enloquecido, y muchas razones tienes para ello! ¡Sí; muchas razones tienes en verdad! ¡Tenlo por
seguro! (Pausa. Luego se pregunta desconcertado.) ¿Dónde me encuentro? Un borrascoso mar de sombras. Racine...
Sombras espectrales me rodean. Mitrídates..., su tragedia. Su horrible tragedia. (Comienza a recitar unos versos
sobre Mitrídates, Rey del Ponto.)
"Approchez, mes enfants. Enfin, l'heure est venue
qu'il faut que mon secret éclate à votre vue.
À mes nobles projets je vois tout conspirer;
il ne me reste plus qu'à vous les déclarer.
Je fuis: ainsi le veut la fortune ennemie.
Mais vous savez trop bien l'histoire de ma vie
pour croire que longtemps soigneux de me cacher,
j'attende en ces déserts qu'on me vienne chercher.
La guerre a ses faveurs, ainsi que ses disgrâces".
(Al concluir los versos de Racine, la habitación queda invadida por un largo silencio que posteriormente quiebra
al pronunciar frases, palabras quedas, nacidas de su turbación emocional.) Mi secreto... La hora ha llegado...,
así es. No lo puedo evitar. No puedo. La Fortuna enemiga..., me acecha. Está agazapada como una fiera. Me espera
con paciencia. Lo sé... Siento su respiración muy cerca..., demasiado cerca. Lo veo a todo conspirar..., todo.
¡Ay!..., mis nobles proyectos. Mis nobles proyectos. ¿Dónde están todos ellos? ¿Dónde?... La historia de mi
vida..., perdida. ¡Perdida! ¿Quizás para siempre?... ¿Es por culpa mía?... Me vienen a buscar..., sí. ¿Huir?
¿Es preciso?... ¡No, por Dios! ¡Jamás!... ¡Oh, atroz desierto en el que me encuentro confinado! La guerra con
sus favores..., verdad, mas también con sus desgracias. ¡Sí, sus terribles desgracias! (Se recluye en el espeso
silencio, para luego proseguir con angustia.) ¡Sí, sus terribles desgracias!... Quizás palabras..., tan sólo
palabras en el mundo que me rodea, donde los límites no existen. Fantasmagorías, ecos que se propagan y se
pierden en la lejanía, en el horizonte de mi vida, escindida, dividida... Conflictos que me abruman... Es un
constante y perpetuo movimiento que me extravía. Es alienante. Trágicas rimas que juegan libremente con el
placer y el dolor más recóndito del ser humano. ¿Cómo escapar de ellas? ¿Cómo?... Una densa tiniebla me asedia
y se apodera poco a poco de mí; mas no puedo hacer nada para defenderme, ¿será una clara manifestación del
triunfo de las emociones sobre la razón misma?... ¡No! ¡No! ¡No debo permitirlo! ¡No tengo que ser tan débil!
¡Oh, amarga burla de la verdad! ¡Dudas! ¡Dudas! ¡Sólo dudas alberga mi torturada mente! ¡Sólo dudas!... ¡La paz!
¡La paz! ¿Por qué la paz?... ¿Dónde termina el honor y comienza lo imposible?... (Dice al entregarse a la
expansión de su dolor, hasta dejar que las lágrimas asomaran a sus ojos.) ¡El honor! ¡Lo imposible! ¡Sí, lo
imposible! ¡Esa expresión que tiene un significado absolutamente relativo! ¡Por Dios!, cada hombre tiene su
propio umbral de imposibilidad. Sin embargo..., las lágrimas pueden borrar el crimen, mas no la vergüenza.
(Agrega con aflicción.) ¡Sí! ¡Es así, desgraciadamente, por más funesto que parezca! Lo imposible, es el
fantasma de los tímidos y el refugio de los cobardes pero..., en boca del poder esas dos palabras no son sino
una declaración de impotencia. ¡Morir! ¡Morir! ¡O quizás..., abandonarme del todo y dejarme socorrer por la
desesperación! ¡Arrojarme con vehemencia entre sus brazos como un amante! ¡Sí, como un amante! ¡Lo deseo! ¡Lo
deseo con locura! ¡Por favor, que horrible es todo esto! ¡Ya no me puedo contener más! (Pausa.) ¿Podré
prevalecer, en esta dura prueba a la que se me somete?... Los tortuosos caminos que aparentan no tener salida,
señalan indudablemente las enormes dificultades y los posibles fracasos que al iniciado le aguardan. Sé que he
caído en una trampa mortal. A ella fui arrastrado. Me dejé llevar, en un acto de locura, por esa voz sobrenatural
que me susurró: ¡Rusia! ¡Rusia! Sí, eso es lo que escuché, en medio del gran sobresalto que me extrajo
del adormecimiento. Por consiguiente, mis ojos buscaron con inquietud a quien me había hablado, pero a nadie
hallaron. No... Yo solo allí me encontraba. Igual que ahora, al tener que enfrentarme a tremendas decisiones.
¿Existirá alguna pérdida que no resulte leve a semejante costo?... El peligro me acecha en cada movimiento. El
peligro es innegable..., ¡sí! Entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo debo obrar? De lo sublime a lo ridículo no hay más que
un paso, sólo un paso... Hasta lo bellamente trágico, de un momento para el otro, se puede convertir en una
absurda comedia. ¡Una mascarada! ¿Será todo esto, el resultado de grandes designios, o quizás una cruenta burla
de los hados, del destino?... (Se sonríe con amargura.) ¡Lucharé! Me opondré ante la feroz adversidad. ¡Lo haré!
¡Para eso, tengo que lograr la paz! ¡Sí, la paz! (En ese instante, se queda consternado pues como un relámpago,
emerge de su tormentoso subconsciente una figura extraña.) ¡El espectro de rojo! ¿Otra vez ese ser infernal me
persigue, o es mi perturbada imaginación?... ¡La paz! ¡La paz! Me la reclaman. ¡Qué terrible! A cualquier precio
o sacrificio... No habrá ninguna clemencia para mí. Estoy en verdad, acorralado por los plazos que me imponen...
(Pausa prolongada.) Y tú, dulce Luisa, al estar acosado sin tregua por tantos acontecimientos funestos, ¿qué
sientes aún por mí?... (Habla como ido, al perderse gradualmente en la melancólica oscuridad del pasado.)
Estaba recostado contra un portal negro, cruzado de brazos y envuelto en un largo capote. Recuerdo que fue un
28 de marzo en Courcelles. No dejaba de contemplar su encantador retrato y de contar el tiempo que trascurría
lentamente. Caía la noche sobre mí, el cielo estaba borrascoso y llovía torrencialmente. De pronto me informaron
que un coche acababa de llegar. ¡Sí, era el de ella! ¡Me agité! No pude contener mi ansiedad y la emoción me
desbordó. Avancé impetuosamente en dirección a su coche, como un águila cuando se dirige hacia un ave indefensa.
Pronto iba a ser mía, sólo mía... Sentí que desde hacía muchas horas la estaba aguardando allí, y que era
interminable la espera. Le anunciaron mi presencia y entré en el coche mientras su dama de compañía nos dejaba
oportunamente a solas. ¡Qué hermosa criatura!, pensé. Me quedé prendido de inmediato de sus cabellos dorados, de
su piel rosada y de esos claros ojos azules en los que me sumergí extasiado. Tomé esas pequeñas y frágiles manos
entre las mías y las retuve... Las acaricié con suavidad, como tomando posesión poco a poco de ellas..., o
quizás ellas tomaban sin que yo lo advirtiera, sigilosamente, posesión de mí. Las besé muchas veces, y no dejé
pasar el momento de halagarla con palabras tiernas que me inspiraba esa fascinante frescura de capullo de rosa
que se revelaba ante mis ojos; poseyéndome con fogosidad desde el primer momento en que la vi. Mi ardor y mi
deseo por ella crecían, al mismo tiempo que me contemplaba con su cautivante y dócil ingenuidad. La miré
profundamente a los ojos, como deseando preguntarle si se sentía segura conmigo, si confiaba por completo en mí.
Ella me respondió con una dulce sonrisa y..., no me pude resistir a sus encantos. No deseé hacerlo..., y me
abandoné sin pensarlo entre sus brazos y besé esa delicada boca que me embelesaba al quedar por completo
seducido por ella. Fue un viaje delicioso... (Pausa.) Comprendo que todo lo sucedido fue como un sueño. Al
despertar de él, mi interior se halla conmocionado, terriblemente agitado, igual que las olas de un mar
tempestuoso golpean la roca inerte. Mi pasión me estremece...; y pensar que ella no está aquí. La han alejado
de mí para siempre. ¡Sí, para siempre! Sé que es realmente así. Están haciendo todo lo posible para que suceda
de esta forma. Le impedirán que venga a mi lado. ¡Estoy seguro! ¡Dios mío! ¡Estoy seguro! ¡Me apartaran de ella!
¡No volverá más! ¡Nunca más! ¡Los celos me enloquecen de tan sólo pensar que otro hombre esté a su lado! ¡La
deseo! ¡La deseo con toda mi alma, y sólo su lejano recuerdo yace a mi lado! ¡De todos los castigos que me
podría infligir el cielo ninguno es más cruel que este, el que me separen de tí! ¡Sí, de tí amor! ¡De tí!...
¡Qué espantoso! Los recuerdos hábilmente hicieron presa de mí sin que lo advirtiera... (Se oye lejanamente un
fragmento de la música incidental.) Esta ensoñación de pronto me envuelve como una música lúgubre, al invadirlo
todo de una manera que lo que me rodea parezca lejano e irreal. Como si se desdibujaran los objetos por la
espesa bruma. ¿En verdad que es sólo una ensoñación..., o un temible y siniestro toque de difuntos?... ¡Qué
triste melodía me embarga por completo! Es como si un espectro susurrara en mis oídos..., pero no logro entender
qué cosa me está diciendo. ¡Sé que es funesto para mí..., pero no lo discierno! ¡No puedo! ¡No puedo! No tengo
el entendimiento para descifrar tan temible mensaje. Quiero hacerlo, mas me resulta imposible acceder a él. (Al
hablar, su mirada por un instante vuelve a encontrarse casualmente con la copa.) Es como una sentencia que me
espera, que pacientemente aguarda por mi vida... Quiere prender mi alma. La desea ardientemente. Debe ser mi
atroz porvenir... (Pausa. Después repite con obsesión.) Luisa, Luisa. Dulce Luisa... Mi encantadora y joven
esposa..., no sabes cuánto te amo, cuánto te deseo. (Se pregunta en medio de aquellas imágenes funestas que lo
agobian.) ¿Querrás volver a mí?... Y mi hijo, mi pequeño Rey, ¿qué será de él? Marmont es el culpable.
(Enfatiza.) Se vendió vilmente. Maniobró así con su ejercito y dio motivos al enemigo para que rechace las
condiciones firmadas. Es un traidor..., y los demás ante las circunstancias han seguido pronto su ejemplo. Han
destruido la Hermandad. Todo esto es una horrible pesadilla. Sí, una pesadilla de la que no puedo escapar, al
haber sido elegido por extraños y arcanos designios para ser su desdichado actor, en el centro de la escena...
(Se detiene, y luego continúa.) Esta situación tan sólo se puede resolver de una manera. Las circunstancias
parecen así indicármelo... Estoy dispuesto al sacrificio, y más aun, hasta el de mi propia vida. Indudablemente,
cuánta razón tenían las palabras que me dijo Lannes en su lecho de muerte. Sí, cuanta razón. Y yo, amigo mío, me
negaba a escucharlas, pues me hablaba de los aduladores que me rodeaban, de las traiciones y el abandono que
sufriría si no terminaba en poco tiempo esta guerra. Sí, la guerra... ¡Oh Lannes..., querido amigo, quizás
pronto nos volvamos a ver... Es necesario. No hay duda alguna. El sacrificio..., mi propia vida. Ese es el
camino señalado por mi atroz destino..., tan atroz como el de Mitrídates... (Comienza a recitar con voz
pausada.)
"...et ma gloire, plutôt digne d'être admirée,
ne doit point par des pleurs être déshonorée.
J'ai vengé l'univers autant que je l'ai pu:
la mort dans ce projet m'a seule interrompu..."
(De pronto su voz se apaga en medio del silencio, a la vez que su mirada sombría y enajenada por la angustia
permanece sumergida en la nada más siniestra. Después de una pausa prolongada retoma los versos de Racine con
la misma triste cadencia.)
"Le ciel n'a pas voulu qu'achevant mon dessein
Rome en cendre me vît expirer dans son sein.
Mais au moins quelque joie en mourant me console:
j'expire environné d'ennemis que j'immole..."
(Su voz, por un momento, se abisma en el espeso silencio que lo rodea.) Me han abandonado por completo. Las
sinceras palabras de mi amigo... Los dichos del espectro de rojo... Aquel escalofriante designio se ha cumplido.
Ya no queda nada por hacer... En verdad es así. Prometeo, te encuentras encadenado a tu suerte. Eres un
prisionero de los hados... (Inclina su rostro hacia el suelo, pero inesperadamente algo lo sobresalta.) ¿Cómo?
¿Qué estoy escuchando? Esa voz siniestra, ¿qué me susurra?... ¡Estáis perdido, Sire! ¿Puede ser posible?... Esa
expresión la oigo repetirse como un eco una y mil veces dentro de mi cabeza. Desea trastornarme. ¡Me opondré!
¡No me voy a rendir! ¡Eso nunca! ¡No! ¿Quitarme a mi esposa y a mi hijo? ¿El vil asesinato? ¿La humillación?
¿El vejamen? ¿Yo, un Hierofante, un Venerable Maestro, convertirme en un prisionero? ¡Jamás lo aceptaré!... (Se
pone de pie, para enfatizar su determinación.) ¡Siempre hay una salida! (Luego de pronunciar esas palabras hace
una prolongada pausa.) ¡Fontainebleau! ¡Fontainebleau! Esa decisión... Aquel elixir, el veneno... (Mira
furtivamente la copa.) ¿Por qué no pudo ser?... ¡Qué escena tan vívida! La presencia de Caulaincourt, su
intervención... Los recuerdos fluyen de forma obsesiva por mi mente agobiada. ¡Qué difícil es morir, cuando en
el campo de batalla es tan fácil! Es larga y penosa esta cruel espera, que se transforma poco a poco en una
agonía. (Suspira profundamente.) También en Arcí me resolví a que esta situación no continúe. ¿Por qué se me
negó? ¿Por qué?... Es tan fácil perecer en el fragor de la lucha. El accionar imprevisto de alguna bala perdida
o certera..., sí. En medio del estrepitoso tronar de los cañones... Allí, envuelto enteramente por el espeso
humo de la pólvora una nada lo cambia, lo decide todo en un momento que será definitivo, eterno... Eso es lo que
debía haber ocurrido. Un instante sublime, casi incomprensible, tan sólo en un abrir y cerrar de ojos... (Pausa.)
Yo soy el culpable de estos acontecimientos funestos, y no hay salida posible que pueda estar a mi alcance...
Abandonan a su Hierofante. Uno a uno se han ido. Ney, Macdonald, Oudinot, Moncey y Berthier han partido como
tantos otros..., ¿qué podía esperar? Nuevos caminos surgieron, y al bifurcarse nos separan irremediablemente.
Yo su Oriente, su Maestro Iluminado no puede retenerlos, pues ha perdido el poder, como el amuleto egipcio que
poseía, desvaneciéndose mágicamente con él, dicha protección... Muchos prometieron volver, pero aquello se ha
trocado en un adiós definitivo. La sagrada hermandad. Ese lazo fraterno que trasciende la propia voluntad se ha
roto para siempre. Siempre, sí. Qué interminable es esta palabra, tan contundente, tan implacable... (Exhala un
gemido.) Mientras los observaba con atención, escuché con calma los diversos motivos que me daban, pero fingí
comprender aquello que me decían... Sé que sólo eran vagas razones, excusas, mas sé también que al haberse
quebrado aquel lazo de unión, han quedado libres de pactos y juramentos de sangre. Han abandonado a su Gran
Maestre... Ellos son libres ahora, pero yo no. No lo seré nunca. Parece ser mi condena... Esto es inexorable
para mí. ¡Qué horrendo!..., y no hay salida posible. Es despiadado el porvenir. No tengo esperanza alguna. No
debo... He fallado, al no obtener las metas que se me habían impuesto. Yo las acepté..., y por lo tanto soy
culpable. Sí, culpable. El espectro de rojo me lo había advertido. Fue terminante. Debía lograr la paz a
cualquier costo. Para mí, un iniciado en los antiguos misterios egipcios, no habrá clemencia. Cuanto he poseído
me será quitado. Mi esposa, mi hijo..., sin piedad me son arrebatados como si fueran parte de la grandeza del
trono. (Con desprecio.) El trono, que no es más que unos trozos de madera envueltos en terciopelo. Esto es
realmente así. Mi persona era el trono... Sin embargo, el ultraje no es lo único que me espera, que me aguarda
en medio de mi fatalidad. ¡Por Dios!, esta larga agonía, ¿cuándo tendrá fin?... (Después de aquella pregunta, se
dirige lentamente hacia la cama, y al sentarse sobre ella prosigue hablando para sí.) Palabras que como un eco
del pasado suenan en mis oídos... Triste situación. ¡Abandonadlo a su suerte! ¡El desprecio! No comprendo. Juro
que no lo comprendo. ¿Quién es el condenado del cual se ha hablado tan cruelmente?... ¡Dios mío! Un sinfín de
visiones, gritos de odio y muerte golpean con vehemencia mi mente perturbada. ¡Voy a enloquecer! ¡Sí! ¡A
enloquecer! ¡Me siento acorralado! ¡Aterrado! Estoy cautivo, paralizado por completo por el pánico. Un muñeco
con mi nombre en el pecho, mi imagen empapada en sangre pende de una cuerda y se balancea grotescamente como la
de un ahorcado. Desde mi viaje a Elba fantasmagorías horrendas me persiguen sin tregua como a un vulgar y
miserable bandido, o como a un cobarde... ¿Qué hacía con la escarapela blanca puesta y cabalgando delante de mi
coche disfrazado con un capote azul de postillón?... ¿Yo, disfrazado de postillón, de sirviente? Miro a mi
alrededor desconcertado, confundido. Estoy en medio de una pesadilla. De una terrible pesadilla, y sigo sin
comprender nada, o quizás..., mi alma se niega a comprenderlo. Soy prisionero de mi destino que me arrastra con
toda su fuerza hacia el infortunio. Es despiadado. No tengo poder para torcer sus decisiones, porque mis manos
están sujetas con grilletes de hierro. Mi estrella declina, y no puedo hacer nada. En este peligroso tablero de
ajedrez soy un peón. ¡Sí, sí! ¡Un peón del Sabbat que se mueve según los designios de los Maestros Iluminados!
Si tan sólo hubiese muerto en Fontainebleau... (Pausa.) ¡La muerte no me quiere! ¡La muerte no me quiere! Lo
intenté más de una vez, pero fue infructuoso... (Con desesperación.) ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Ay, ay, Caulaincourt,
amigo mío! ¿Por qué no me dejaste llevarlo a cabo? ¡Morir, morir! ¡Tan sólo morir por mi propia mano, como un
soldado!...Todo parece estar perfectamente trazado; como escrito en los cielos. ¡Estoy perdido! Malos presagios
me asechan constantemente. Me encuentro rodeado por lobos voraces que buscan con ansiedad quebrar mi resistencia,
destruirme. En cada alimento que me ofrecen veo el vil engaño, el complot, la perfidia, o peor aún, el trato
humillante que debo soportar. Yo, un Oriente, un iniciado en los arcanos misterios de la Orden de Hermes, un
Gran Maestre de órdenes militares, verme obligado a renunciar a los tratamientos que corresponden a mi jerarquía
para salvaguardar la existencia... Prisionero y postillón a la vez de los comisarios aliados que me custodian,
que me vigilan. Me hacen insoportable la vida. ¡Malditos! ¡Mil veces malditos! En un momento de crisis les he
pedido, les he suplicado con lágrimas en los ojos que se cambie el itinerario; subir hasta Lyon y pasar a Italia,
para embarcarme allí. ¡Pero no! ¡No, no! ¡Se niegan! ¡Son todas excusas! ¡Excusas nada más! Que se deben obedecer
órdenes, o que no están autorizados a cambiar el camino a seguir. Que corre peligro mi vida. ¡Excusas, excusas!
¡Malditos! ¡Son sólo excusas! ¡Los odio! ¡Los odio! Ellos buscan la ocasión para el vejamen, para denigrarme,
y para el crimen. Quieren borrar las cosas que he hecho, mi vida, mi nombre bajo un manto de oprobio. No se
detienen, cuando tienen entre sus mandíbulas a su presa, hasta verla destrozada. ¡No se detienen! ¡No! ¡Y esa
presa soy yo! ¿Quién no quiere ser apuñalado, a cambio de ser César?... ¡Pero esto no! ¡Por favor no! (Pausa
prolongada.) ¿El escarnio?... ¡No! ¡No! ¡El escarnio no! ¿Cuánto más tengo que padecer? ¿Qué cosas están
destinadas a ocurrirme?... Sólo la confusión y el caos reinan en mi mente... Es como un velo oscuro que se
cierne sobre mí. Mi guardia. Mi fiel guardia me acompañó hasta Briaire; después..., quedé en manos de la escolta,
de los cuatro comisarios aliados y de mi incierto destino... Realistas, sicarios bien pagos del conde buscan
con ansias mi vida. (Con espanto.) ¡Sí! ¡Me rodean! ¡El gentío! ¡Rodean mi coche! ¡Hacen añicos los vidrios!
¡Rodean la posada! ¡Quieren ajusticiarme! ¡Se multiplican sus gritos en mis oídos! ¡No me dejan en paz! ¡Los
escucho constantemente! ¡Me persiguen! ¡Quiero gritar! ¡Basta! ¡Basta! ¡Por Dios..., no resisto más!... (Como
en una ensoñación.) ¿Dónde estoy? ¿Qué ha sido de mí?... Nombres discurren fugazmente por mi cabeza: Austerlitz,
Marengo, Wagram, Rívoli, Arcole... El puente de Arcole... Fue una locura. ¡Qué escena! ¡El fragor de la batalla!
¡La exaltación! ¡Ardía de coraje! Los cañones austriacos vomitaban fuego sobre el puente. Sorpresivamente, mi
caballo fue herido. Enloquecido por el dolor, galopó hacia las filas enemigas y se hundió en un pantano donde me
arrojó. Me vi de repente sumergido hasta los hombros en el lodo espeso del pantano, bajo un intenso fuego enemigo.
Estaba inmovilizado. Si descargaban contra mí, no iba a poder ofrecerles resistencia; pero por fortuna mi
hermano y un joven oficial consiguieron acercarse hacia el pantano y salvarme la vida. (Recobrándose.) Mi vida,
que ahora para muchos no vale nada. ¡No, nada! ¡Traicionado! ¡Abandonado por todos! Solo ante mis enemigos.
Solo ante mi destino... Oscuro destino... De pronto ante mi mente turbada, agitada por los pensamientos, se me
hace realidad la imagen de la isla de Malta. Es como si la estuviese viendo ahora... El 9 de junio de 1798
llegué a sus costas a bordo del navío insignia "El Oriente". Allí me convertí en adepto de la Orden de los
Caballeros de San Juan de Jerusalén. El Gran Maestre, Ferdinand von Hompesch, y sus caballeros estaban
severamente ataviados con amplias capas de seda negra y adornadas por enormes cruces blancas de Malta. Los
estandartes que vi ostentaban con sobriedad el escudo de la Gran Orden. Fascinado quedé ante todo aquello que
se presentaba ante mis ojos. Recuerdo muy bien aquel día... Luego de varias reformas que se me habían encomendado
hacer en la isla partí nuevamente rumbo a Egipto. ¡Mi viaje a Egipto! No puedo evitar, en este instante, reparar
en el significado de mi nombre: león del desierto... Un extraño ejército me acompañaba, compuesto de
eruditos, científicos y artistas. Eran más de ciento cincuenta y algunos de ellos pertenecían a la logia de los
Hermanos-Artistas de París, en cuyo marco tiempo después se formó la Orden Sagrada de los Sofisianos. Mis
oficiales eran altos dignatarios del Rito de Menfis; mas yo fui iniciado en ese rito en la pirámide mayor, y
recibí un anillo de la mano de un venerable anciano. Eran todos hombres de gran valentía, y yo me sentía muy
orgulloso de ellos. De noche nos sentábamos en la cubierta de "El Oriente", donde se sentía un agradable viento
tibio de principios del verano. Las preguntas surgían una tras otra y se habría animadamente el debate: ¿Cuál es
la antigüedad de la Tierra? ¿Los pensamientos son una guía fidedigna del futuro? ¿Quién hizo a las estrellas?
¿Los planetas están habitados?... Un mundo maravilloso e incomprensible se abría paso a paso ante mí, y del cual
regresé verdaderamente colmado de fabulosos recuerdos... Egipto, civilización antigua. Tierra de faraones, de
arcanos misterios isíacos. Todavía tengo fresco en mi memoria el momento en que los arqueólogos desenterraron
la momia de un faraón... Me quedé largo rato observándola, absorto permanecí ante tanto poderío; o La Gran
Pirámide que se alza majestuosa en este enclave mágico. ¡Sí, mágico! Ni más ni menos que cuarenta siglos me
estaban contemplando. ¿Cómo dar respuestas a sus múltiples enigmas?... Es un laberinto inexpugnable. ¿Qué
grandes secretos encierra? ¿Será el pasado, el presente y el futuro de la humanidad?... ¿Todo estará contenido
en sus primigenias palabras de piedra?... ¡Un misterio, un auténtico y fascinante misterio! Su lenguaje es el
más complejo de la Tierra; un intrincado lenguaje que bien pudo haber venido de las estrellas... ¿Cómo poder
descifrarlo?... Es todo un desafío. En la Gran Pirámide se encuentra la Geometría Sagrada. ¡Sí, sí! La que
proviene del Gran Arquitecto del Universo. Es una genuina piedra filosofal del hermético pensamiento celeste,
del saber infinito... Es un verdadero tesoro que se aleja más y más de las vanas disquisiciones humanas. ¿Cómo
alcanzarlo?... ¡Dios mío! ¿Cómo? ¿Imposible?... Espero que no. ¿Cuántos senderos habrá que recorrer arduamente
para llegar a él, el Cetro Iniciático? ¿Cuántas pruebas habrá que pasar? ¿Cuántas?... Preguntas y preguntas se
agolpan sin descanso en mi mente. La búsqueda del conocimiento es una lucha constante en donde se arriesga
también la vida. Es el viaje interior por los caminos confusos y conflictivos de uno mismo. ¿Será irrealizable?
¿El fracaso me espera?... Grandes dificultades esperan al adepto en el difícil camino de la gnosis. Barreras,
miles de infranqueables barreras protegen el núcleo central del conocimiento sagrado, divino... Es el templo
secreto, la habitación del medio donde se reúnen los iniciadores y los hombres verdaderos, los hombres justos.
Es la logia invisible donde lo espiritual prevalece sobre lo material, la inteligencia sobre el instinto y el
saber sobre la violencia. El Espíritu o Principio Universal de la vida es la conexión sagrada del hombre con el
Gran Arquitecto, con la Gran Obra. La perfecta relación entre el microcosmo y el macrocosmo, el fin último, la
iluminación... La trasmutación de la condición del hombre ignorante y limitado a la del hombre nuevo y libre;
es la obtención de la plena autonomía espiritual. Morir a la vida profana para buscar la unión con el Cosmos;
trascender la condición humana y lograr un modo superior de ser. Es la iniciación. Una sagrada ceremonia de
transformación, un arcano ritual en donde las aventuras, muerte y resurrección de una divinidad son depositadas
en la persona, en la mente del neófito, para dar luego paso a los cambios más profundos, a los nuevos
conocimientos, la gran revolución de los cuerpos celestes y su poderosa influencia sobre la Tierra... La noche
de los tiempos con sus alas negras se cierne sobre mí y me cubre totalmente... La imponente Esfinge de Gizeh en
cuyo interior se hallan inconfesables secretos, que un fiel adepto debe callar, como que allí, debajo de su
vientre, se encuentra la tumba de nuestros primeros padres, Adán y Eva; o la Tabla de Abydos, que es una
grabación completa de los jefes de la raza humana hasta el mismo Adán. ¡Ciertamente increíble! ¿Adán el primer
faraón?... Es un hallazgo asombroso. Un impresionante relieve en cuyas formas está trazado cuidadosamente el
origen de la humanidad... Todo un templo sagrado bajo la roca. Muchos pasadizos se hallan dentro de ella, y
dibujos..., gran cantidad de dibujos que por lo que puedo discernir hablan sobre el ignoto futuro de los seres
humanos. Futuro que indudablemente se halla en las estrellas. Los egipcios lo sabían muy bien... Sirio y sus
estrellas circundantes vigilan la Tierra como guardianes; como sus guardianes, y a nosotros con ella... ¿Quizás
no somos prisioneros del destino que nos imponen caprichosamente los dioses? ¿Cuán grande es nuestro libre
albedrío?... Todo el calendario faraónico giraba en torno a los movimientos de Sirio, que para los antiguos
iniciados egipcios la diosa Isis, madre del mundo, era un símbolo de Sirio y el dios Osiris, esposo de Isis,
simbolizaba a la compañera oscura de Sirio. Más una tercera estrella que está próxima a Sirio tenía su
correspondencia simbólica con la diosa Sathis. Dioses y diosas nos rodean e intervienen sigilosamente en las
acciones y el porvenir de la humanidad. El porvenir..., una palabra que para mí está marcada funestamente por
la tragedia, por la desgracia... (Luego de una extensa pausa toma, como reconociéndolo en ese instante, un libro
que esta en la cama a su izquierda y comienza a leer en voz baja el pasaje que tenía señalado.) "Aún hay allí
otra ave sagrada cuyo nombre es fénix. Yo no la he visto sino en pintura. Raras son, en efecto, las veces que
acude, cada quinientos años según dicen los de Heliópolis, y cuentan que viene cuando se muere el padre. Si se
parece a su pintura, es del tamaño y figura siguientes: las plumas de las alas son parte doradas y parte carmesí;
es muy semejante al águila en contorno y tamaño". (Dice al detenerse un momento en la lectura.) Asombrosa ave
describe Heródoto. "Cuentan cuento no creíble para mí que ejecuta esta traza: parte desde Arabia y
traslada al templo del Sol el cuerpo de su padre, conservado en mirra, y lo sepulta en el templo del Sol..."
(Exclama de pronto, y continúa con la lectura.) ¡El Sol! ¡La Luz Eterna! "Lo traslada así: forma ante todo un
huevo de mirra, tan grande cuanto sea capaz de llevar, y luego prueba si puede cargarlo; hecha la prueba, lo
vacía y mete a su padre; rellena con otra porción de mirra la concavidad en la que había puesto a su padre,
hasta llegar, con el cadáver, al peso primitivo. Así conservado, lo lleva al templo del Sol en Egipto. He aquí
lo que, según dicen, hace ese pájaro". (Se expresa al terminar de leer el pasaje.) ¡Extraordinario! ¡Qué
intrincado enigma del conocimiento divino que se escapa con sagacidad del entendimiento de la mayoría de los
mortales! ¡Lo mortal! ¡Lo divino!... (Suspira hondamente y después continua hablando.) ¡Qué maravilloso! En
verdad esta garza imperial es toda una simbología de la palingenesia iniciática que se oculta detrás de un velo
de extrema complejidad, del vano discernimiento de los profanos y de aquellos que no están preparados para
comprenderla; ya que ella en sí misma es indudablemente la panacea universal de los sabios, y el elixir mágico
de la larga vida. Es la resurrección, la inmortalidad y el resurgimiento cíclico, pues este Pájaro de Fuego, del
cual también habla Ovidio en su Metamorfosis, representa la energía creadora y destructora consecutivamente. El
origen y el fin del mundo... (Se queda en silencio un momento mientras cavila; luego prosigue hablando en medio
de su éxtasis filosófico.) Decididamente toda esta alegoría nos sumerge de forma extraña en lo más profundo de
nuestro ser para poder ver allí el grandioso espectáculo de la creación y extinción de los mundos. (Afirma con
contundencia.) ¡Sí, la creación y extinción de los mundos! La muerte del iniciado y su renacimiento de las
cenizas; y así, sucesivamente a través de los siglos. (Dice con voz queda.) De los siglos infinitos... El fuego,
la rueda, la Sophia Celeste, lo misterioso y lo arcano. Es lo perdido y olvidado, mas recordado y vuelto a
reencontrar debido a que esta ave solar es el Espíritu que Vive al animar con su sobrenatural fuerza a toda
realidad que viene de la Nada y se plasma en un efímero momento, vez tras vez, eternamente y para siempre; pues
es, por cierto, el latido del corazón del Tiempo, la palabra reiterada tras cada silencio cosmogónico. Lo
inmortal aunque muera es eterno, porque incesantemente regresa a la vida. Hoy es ayer, hoy es mañana; hoy es
siempre y siempre es hoy... El fénix, simbólicamente, es la piedra angular del álgebra existencial de todas las
realidades, ya que establece con sus bellas alas un puente áureo hacia las inalcanzables estrellas... (Pausa
prolongada. Luego pronuncia las siguientes palabras con gran inquietud.) ¡Lo impenetrable! ¡Lo desconocido! (A
continuación, maquinalmente cierra el libro y lo deja sobre la cama para tomar otro que está al lado. Dice.)
"Isis y Osiris". Plutarco... (Al abrirlo recorre lentamente sus páginas. Después regresa al principio del libro
y empieza a leer en el mismo tono de voz.) "Sin duda se hace necesario, oh Clea, que los espíritus sensatos
pidan a los dioses todo lo bueno, pero por sobre todas las cosas deberían dedicarse, de acuerdo con las
posibilidades que se le concedieron al hombre, al conocimiento de los dioses, para rogarles que se dignen
concederles este preciado bien. Por cierto que no podría obtener el hombre nada más sublime, y la divinidad no
podría conceder nada más augusto que la verdad". (Al detenerse afirma categóricamente, para luego continuar
leyendo.) ¡Es así! "A los hombres proporciona la divinidad todos los otros bienes, para que así satisfagan sus
necesidades; pero cuando les otorga inteligencia y sabiduría, les permite participar en los atributos que le son
propios y que mantiene en constante uso. En efecto, ni el oro ni la plata hacen la felicidad divina; tampoco
deben los dioses su potencia al trueno o al rayo, sino al conocimiento y a la sabiduría". (Se detiene para
expresarse, y después prosigue con la lectura.) ¡Yo pienso también lo mismo debido a que el conocimiento y la
sabiduría son las dos columnas fundamentales donde se establece firmemente todo cuanto existe! "Nunca se expresó
Homero con mayor propiedad, entre todo lo que ha dicho acerca de los dioses, que cuando exclama: Proceden ambos
de una misma estirpe y una misma patria, pero Zeus nació primero y es mayor su sabiduría. Nos hace saber así el
poeta simplemente que Zeus goza de mayor preeminencia, fundada en un conocimiento y en una sabiduría más
venerables. Pienso entonces que la felicidad de una existencia sempiterna, patrimonio de la divinidad, consiste
en lo siguiente: nada, de todo lo que es, puede escapar a su conocimiento. Si se le privase de la posibilidad de
conocer la verdad, así como de concebirla, su inmortalidad no sería más un pleno vital sino un simple lapso de
tiempo..." (Cesa repentinamente la lectura y deja el libro al lado del anterior para dar paso a sus
pensamientos.) La dorada sabiduría... La verdad, destello de luz, ante la vista de los mortales. ¡Esa energía
extraordinaria que todo lo abarca al escaparse por completo del espacio y del tiempo! Es sublime..., pero
temible su búsqueda. ¡Por ella, cuantos horribles sacrificios se deben afrontar! Recuerdo el crucial momento en
que empuñé la pluma, la sumergí en el tintero rodeado por el águila imperial, y dirigí con un solo trazo la
vida de setenta millones de personas..., y mi propia vida. ¡Sí! ¡Mi vida! ¡Siento que he renunciado a ella!
¡Que he renunciado a todo! ¡Sí, a todo! ¡Incluso a mi propio nombre! ¡Me siento totalmente despojado!
¡Ultrajado! ¿Qué más puedo esperar?... ¿Es preciso vivir? ¿Lo habrá querido así la providencia?... Tan sólo
me queda esperar..., ver lo que quiere de mí el destino. ¡No poseo la fuerza para detenerlo! ¡Es imposible!...
¿Y mi hijo?... ¡Mi hijo! ¡Pobre mi querido pequeño! ¡Qué lejos lo siento de mí! ¡Qué lejos!... Pienso en este
instante cuando lo sentaba en mis rodillas y me miraba... (Exhala un lastimero gemido al evocar a su hijo, al
mismo tiempo que las lágrimas corren por sus mejillas; y continúa cavilando.) Jugaba con él haciéndole muecas
para provocar su risa, o si no le mostraba el libro de imágenes de la Biblia, el cual era uno de los favoritos
de mi niñez... Lo mimaba. Lo colmaba de tierno afecto a mi pequeño Rey. ¡Sí!, a mi pequeño Rey, a quién le daba
palmadas juguetonas; y si mostraba en su rostro algún gesto de temor yo le decía aparentando firmeza: ¡Un Rey
no debe sentir temor, no debe llorar!... ¡Qué dolor me lacera! ¡Qué amargura! ¡Qué terrible ironía!... ¿Y mi
esposa? Mi joven y dulce esposa... Cuántas veces yo, el hombre más poderoso de Europa, me complacía en ser
su palafrenero... Yo era totalmente suyo..., sí suyo; y sentía mucho placer en ello. ¿Y en este momento?...
¿Deseará ella permanecer para siempre al lado de un ser vencido, de un prisionero?... Porque en esto es en lo
que finalmente me he convertido; o peor aún, en un postillón, un sirviente..., o en lo que quiera mi lúgubre
destino. Siento todo el peso moral de la derrota, de la ignominia. Estoy totalmente agobiado bajo el yugo de
la desesperación. ¡Qué espantoso! ¡Me consume!... ¡No soporto más todo esto! ¡No! ¿Cuándo ha de terminar? ¡Por
Dios! ¡Cuándo!... ¡Qué horrible recorrido ha sido después de Lyon! El clima comenzó a enrarecerse... En los
sombreros se empezaron a ver las escarapelas blancas, y por la noche las aldeas se iluminaron para festejar la
restauración..., en definitiva mi derrota en manos de los aliados. Mi derrota que no puedo aceptar; y que no
aceptaré nunca. ¡Nunca!... ¡Qué larga es la noche, cuando los pensamientos se empeñan como harpías en atormentar
la mente! ¡El sueño escapa de mí! ¡No me quiere! ¡No me quiere!... Igual que la muerte; pues ella escapó muchas
veces de mí. ¡Fui a su encuentro, pero escapó de mí!... ¡Ah, por qué no habré muerto en Arcis-sur-Aube!... En
este mismo instante, recuerdo, que corría sin cesar de Arcis a Torcy para alentar a la tropa con mi presencia,
estuve a punto de perder la vida. Una bomba cayó entre las filas de un joven batallón que estaba poco
acostumbrado a semejante peligro... Instintivamente los hombres que se encontraban más cerca del proyectil
humeante retrocedieron un paso; entonces lancé mi caballo sobre la bomba para enseñarles a despreciar el
peligro... La bomba estalló, y me cubrió totalmente de humo y de fuego, no obstante salí sano y salvo de la
nube inflamable... Únicamente mi caballo quedó herido, mas me arrojé rápidamente sobre otro en medio de los
gritos de entusiasmo de mis jóvenes soldados... ¿Por qué? ¿Por qué no he muerto allí?... ¡Qué difícil que es
morir, cuando es tan fácil en el campo de batalla! Siento que he rendido mi espada. ¡Y estas humillaciones sé
que no son las últimas! ¡Lo sé muy bien!... Tener que atravesar estas provincias meridionales, donde las
pasiones son tan violentas. Perdonaría a los Borbones que me mandaran asesinar; pero ¿verme entregado, en
cualquier momento, a las ofensas de este abominable populacho del Mediodía?... No es nada morir en el campo de
batalla, pero ¿morir en medio del fango y en manos semejantes? ¡No, no! ¡Eso, no!¡Por favor no! He intentado
morir por mi propia mano, y no he podido. ¡He fracasado! ¡Fracasado! ¡Fracasado miserablemente! ¡Sí! ¡La muerte
se ha burlado de mí!... ¡Me ha abandonado! ¡Me ha dejado indefenso ante mis enemigos! ¡Mis enemigos no se
detendrán ante nada! ¿Qué planes tendrán para mí? ¿Cuáles serán? ¿Cuáles?... El silencio..., sólo el siniestro
silencio me responde. Es como una fiera que me asecha en medio de la oscuridad. ¡Lo percibo! ¡No me deja! ¡Me
envuelve y me sofoca por completo! ¡Me encuentro entre cadenas! ¡Estoy amordazado! ¡Sí! ¡Amordazado!
¡Quebrantado, quebrantado!... ¡No puedo resistir más! ¡Deseo gritar! ¡Sí, sí! ¡Gritar con todas mis fuerzas!
¡Quiero liberarme de todo esto, y no puedo! ¡Por Dios, no puedo!... (Ahoga un grito al tomarse el rostro con
las manos, que lo obliga a permanecer unos momentos callado.) La isla de Elba... ¡Qué espantoso viaje! ¡Qué
tortuoso trayecto por el cual me vi forzado paso a paso a recorrer! Allí..., acorralado por mí mismo. Partícipe
voluntario de esa horrenda burla. Las imágenes cobran vida. Mi propia decisión envuelta en todo aquello que me
destroza el alma. Me siento sometido. Quedé absolutamente deshonrado ante los ojos de los comisarios extranjeros.
Todo se va transformando en una tremenda burla. Sí, todo... Me convertí en mi propio verdugo. Mi propia decisión
me condenó irremisiblemente a la infamia. Es una locura... Las ideas escapan de mi mente, me abandonan. (Al
hablar mira a su alrededor.) Siento que estoy encerrado en un prieto laberinto. ¡Afortunado Teseo!, pues para mí
no hay ninguna Ariadna que me tienda un hilo de oro que me conduzca a la salida. Es así. No hay ayuda posible.
No existe... Solo ante mí mismo. Solo ante mis enemigos. Solo como un condenado a muerte que espera
silenciosamente que en algún momento se cumpla la sentencia. Sentencia a la que he contribuido. Conscientemente
entregué la llave de mi celda a mis guardias, a mi carcelero... Mi mente, esta prisión, sufre una interminable
agonía poblada de miles de preguntas que me torturan sin misericordia. ¿Cuánto más tendré que descender en este
infierno?... Y nadie me obligó, ¡Dios mío! ¡Nadie! ¡Lo quise así! ¡Yo, lo quise así! ¡Yo, yo! ¡Fue por mi propia
voluntad! ¡No comprendo! ¡No comprendo! ¿Cómo pude hacerlo? ¿Cómo? ¡Permitir que me insulten así, de esta
manera!... ¿Yo, un Gran Maestre?... ¡Me desconozco! ¡No sé que me pasa! ¿Qué está sucediendo conmigo? ¿Qué?
¡Necesito respuestas a mis preguntas, y sólo obtengo reproches! ¡Sólo reproches! ¡Reproches! ¡No sé qué me pasa!
¡No lo sé! ¡Nunca me comporté así en mi vida! ¡Nunca! ¡En verdad nunca! ¡Por Dios, no entiendo lo que me ocurre!
¿Por qué permití esto? ¡Un valiente corso obrar así! ¿Por qué?... ¿Intercambiar mis ropas con las del comisario
austríaco por razones de seguridad? ¿Cuántas veces he desafiado a la muerte? ¡No comprendo! ¿Y mi honor?...
¿Qué van ha pensar de mí?... ¡Que soy un cobarde! ¡Un miserable cobarde! ¡Que no he enfrentado el peligro, a la
misma muerte como un verdadero soldado! ¡Me lo he ganado por mi propia voluntad! ¡Me lo merezco! ¡Sí, me lo
merezco! ¡Mi madre estaría avergonzada del hijo que tiene! ¡Y con justa razón! ¡Jamás debí actuar de esta
manera! ¡Mi honor está mancillado y de eso no hay retorno! ¡No, no! ¡No lo hay! ¡No! ¡Para un hombre como yo, no
lo hay! ¡Me juzgarán ferozmente! ¡Muy cruelmente! ¡No tendrán reparo en nada! ¡Y la culpa es mía! ¡Sólo mía!
¡Se burlarán de mí! ¡Lo sé! ¡Estoy totalmente seguro! ¡Cuando se ha mancillado el honor..., es imposible volver
a recuperarlo! ¡Imposible! ¡Imposible! ¡Desgraciado de mí! ¿Qué he hecho?... ¡Los comisarios aliados no me
obligaron! ¡Fui yo el que me he obligado! ¡Yo, sí! ¡Nadie me obligó! ¡Nadie, nadie! ¡Soy yo el culpable de este
agravio! ¡Soy el único culpable! ¡Culpable, culpable! ¿Un Gran Oriente? ¿Un Supremo Hierofante? ¡Destrocé
fatalmente mis collarines! ¡Manché mis guantes, mis joyas y mis condecoraciones! ¡Rompí para siempre mi Cetro
Iniciático y mi sable! La deslumbrante corona. Mi poder. El manto imperial..., atavío en el que brillaban con
potestad mágica las abejas de oro merovingias... ¡Nadie de mi jerarquía hubiera actuado así! ¡No lo hubiera
tolerado! ¿Cómo lo permití? ¿Cómo? ¡Antes, morir! ¡Morir! ¡Por Dios! ¿Qué hice? ¿Así va ha terminar mi
carrera?... ¿Estas van a ser las últimas cosas que se escriban de mí?... ¡No, no! ¡No puede ser todo esto! ¡Es
una pesadilla! ¡No quiero creerlo! ¡No quiero! ¡No quiero! ¿Cómo revertir tan nefasta decisión? ¿Cómo?... ¡Mi
honor, mi honor! ¡Todos mis hechos van a quedar en el fango! ¡Sí, en el fango! ¡Todos! ¡Pobre de mí! ¿Esto va
a ser el punto final de mi historia? ¿Esto, esto?... ¡Que no estuve a la altura de los acontecimientos! ¡Que
las circunstancias me desbordaron por completo! ¡Que no supe enfrentar con valentía el momento de adversidad
que me tocó vivir! ¿Qué voy hacer?... ¡Estoy perdido! ¡Perdido! ¡Sólo me resta soportar el mal que me he causado!
¡La culpa es mía! ¡Sólo mía, y de nadie más! Las equivocaciones se pagan caro, muy caro. ¡Terriblemente caro!
¡Es insoportable! Este es el precio que debo pagar por mi gran error. ¡Mi honor, ultrajado! ¡La mente se me
trastorna! ¡No puedo pensar con claridad! ¡No puedo! ¡Son ideas confusas que no me dejan tranquilo! ¡No me dejan
en paz! Es como si de pronto todo se mezclara en mi cabeza. Los gritos del gentío, sus insultos, el puente de
Arcole, mi hijo, Wagram, mi imagen ensangrentada, Marengo, Arcis-sur-Aube, la isla de Malta, las duras palabras
del comisario ruso, Austerlitz, mi esposa, el intento de suicidio en Fontainebleau, mi abdicación... Los
recuerdos me acosan..., y ahora esto. Mi vida no vale nada. Me disfracé de sirviente, de postillón y también
de general austríaco, ¿qué más puedo esperar?... Una gran piedra fue arrojada con fuerza sobre el espejo de un
lago..., y quebró su imagen. Sólo se ven círculos concéntricos que deforman su superficie cristalina... Nada de
lo que se refleja allí es agradable a la vista. Todo se retuerce a través de las ondas que se expanden de manera
infinita, destruyendo por completo un mundo ideal. ¡Mi vida está hecha añicos!... Rota como un cristal en mil
pedazos. No pude evitarlo. No pude..., quisiera haber tenido el poder y la fuerza para hacerlo. ¡Ya es tarde!
¡Muy tarde! ¡Todos mis anhelos han perecido! ¡Han sido destruidos! ¡Sí, sí! ¡Mi vida ahora, no vale nada para
nadie..., ni siquiera para mí mismo! (Se recuesta abatido sobre la cama. Pasados unos momentos algo lo substrae
bruscamente de esa circunstancia.) ¿Qué es ese ruido? (Mira la ventana, al decirse con recelo.) ¿El viento,
quizás?... (Al levantarse va hacia la ventana y entreabre discretamente el cortinado para observar a través de
ella. Después de permanecer un tiempo en esa posición murmura para sí.) Vigilado constantemente. Me encuentro
confinado. Son incansables en su persecución. No se detienen ante nada. Se apropiarán de mi cuerpo, pero no de
mi espíritu... Mis pasos están cercados a cada instante. ¿Cómo proceder ante esta situación?... (Abandona la
ventana y se dirige lentamente hacia el centro de la habitación, en donde permanece de pie al seguir absorto
en sus reflexiones.) Sí, esta terrible situación... (Habla como si estuviesen sus hombres allí presente,
mientras camina de un lado a otro.) ¿Seréis, mis valientes soldados, los liberadores de la patria? ¿Podrá ser?
¿Permitiremos que dominen y encadenen nuestras águilas?... ¿A vuestro Oriente?... Hemos recorrido la Europa
entera. Aquellos días memorables... ¿Debemos olvidarlo todo? ¡Eso nunca! Tomad de nuevo las águilas que teníais
en Ulm, en Austerlitz, en Jena, en Eylau, en Wagram, en Friedland, en Tudela, en Eckmuhl, en Essling, en
Smolensko, en la Moskova, en Lutzen, en Wurtchen, en Montmirail... Venid a reuniros bajo la bandera de vuestro
jefe: su existencia es la vuestra; sus derechos son los vuestros y los del pueblo; su interés, su honor, su
gloria, es vuestro interés, vuestro honor, vuestra gloria... Por segunda vez fui llamado al trono para empuñar
el cetro imperial, el cetro iniciático... Al retornar a vuestro lado, de nuevo he sido colocado sobre vuestros
paveses. La corona ha vuelto a mí, con el vuelo del águila. Esto es un hecho, y vosotros lo habéis querido...,
mas yo lo he aceptado sabiendo todo lo que implicaba. ¡Sí, lo he aceptado, aunque parezca una locura!... ¡Una
locura! ¡Una locura! (Como en una confesión reitera aquella frase, en un intento desesperado por desahogarse,
al detener de pronto su andar inquieto.) ¿Cuál es su causa? ¿Qué furia me lleva a desear mi propia
destrucción?... ¿Ambición? ¿Ansias de poder, sólamente? ¿Por qué me veo atraído hacia ese lóbrego precipicio?
¿Qué hay más allá?... (En ese horrible instante, al desear saber la verdad, su mirada alienada se pierde en la
penumbra de la habitación. Después de manera inesperada se deposita fugazmente en la copa.) He luchado para
continuar siendo dueño de mí mismo, pero... Es una extraña fascinación que me cautiva. El influjo que ejerce en
mi persona es ciertamente incomprensible. En este momento..., ¿cuánto es lo que depende de mi voluntad?
¿Conservo todavía la facultad de decidir mi propia vida? (Se consterna por completo, ante esta pregunta.) ¿Esto
es posible, cuando un temible enigma será develado ante mis ojos? Sé que esto sucederá pronto. Indefectiblemente
los plazos han sido fijados, y el tiempo agoniza entre mis manos... (Suspira con angustia.) Si junto a mis
valientes hombres consigo salvar a Francia de sus despiadados opresores, será por un enorme esfuerzo. Estoy
dispuesto a afrontar todo lo que encuentre a mi paso. No me queda otra salida, al ser impelido con tanta
violencia por los hados al fondo de ese hondo precipicio, mi destino... Quise hacerlo, mas fue inútil resistirme.
Me lo he propuesto en más de una oportunidad, pero me han vencido. Vez tras vez se me han tendido astutas
celadas... Vez tras vez, arrojándome como consecuencia a las proximidades de este abismo. Vez tras vez..., sí.
¿Acaso puedo rebelarme a sus arcanos dictámenes? (Se sonríe con amargura.) Oponerme yo a sus Supremos
Designios... (Se pregunta, como ido.) ¿No sería realmente este proceder, un verdadero acto de locura?... (Pausa
prolongada.) ¡Qué emociones contradictorias surgen y me estremecen! ¿Puedo dominarme? ¿Es posible? Permanecer
imperturbable, indiferente al tiempo que sus pertinaces acechanzas sin cesar me persiguen... Recuerdo cuando fui
a ver a Talma representar magistralmente al troyano Héctor... La presencia del público me rodeaba por completo.
Yo lo percibía... Sus miradas, continuamente alertas, discurrían indiscretas en torno de mí. Era como sentir su
respiración de cerca. Permanecer imperturbable... (Elevando la voz.) ¿Pero cómo lograrlo, cuando lo sublime
estaba ante mis ojos, y la angustia más atroz me laceraba el pecho? (Apoya su mano izquierda sobre el corazón.)
Astyanax..., dichoso niño que no sobrevive a la muerte de su padre. En cambio mi hijo... Mi pobre pequeño, un
prisionero de los austríacos, un prisionero de su propio abuelo... Su vida es una garantía para los aliados a
favor de Austria. ¡Es realmente espantoso! Y mi esposa, Luisa, entregada en los brazos de von Naipperg lo
consiente todo, con la mayor complacencia... Ha sido un abismo cubierto de flores... Entre tanto Fouché, a quien
debería hacer ahorcar como un malhechor, me traiciona con su habitual doble juego... Talleyrand, el hombre que
hubiese necesitado en lugar de Caulaincourt para entablar las complicadas tratativas con las potencias
extranjeras, busca tenazmente la ocasión para destruirme. Y él..., es la persona que conoce mejor a Europa.
Indudablemente, unos y otros son parte de esta siniestra puesta en escena, donde yo he sido elegido como
protagonista... (Va hacia la cama, y al sentarse toma distraídamente un pequeño retrato que está sobre el lecho.
Luego prosigue sus cavilaciones.) ¿Oponerme yo a sus Supremos Designios?... Sí, este proceder por mi parte sería
todo un acto de enajenación... Mi vida no puedo regirla. No, no puedo. Quiero asirla con energía, pero se
resbala de mis manos, como la sangre de muchos hombres que al derramarse se hunde en la tierra y es absorbida
por sus prietas entrañas. Es una terrible libación... (Dice al mirar en ese momento la copa.) Mi vida, es una
libación... No soy dueño de ella. Creí que lo era, o más bien lo pretendí..., pero nunca lo he sido. Nunca. En
verdad me he engañado... (Suspira con extrema desolación.) Con fríos y callados pasos los hados la conducen en
pos de mi fatalidad, que se desvanece de manera inescrutable en el horizonte de mi existencia. ¡Ay, mi
existencia, cuyo propósito no me ha sido por entero revelado! ¡Es inexorable! Cautivo estoy de sus voluntades
implacables. Cautivo..., sí. Prisionero me encuentro de sus escabrosos deseos... Son ciertamente leyes de hierro
que me arrastran encadenado a lo más profundo de ese siniestro laberinto, mi destino... Este terrible destino
que me hace lindar entre la razón y la locura... (De pronto empieza a recitar con voz queda.)
"Les dieux sont de nos jours les maîtres souverains,
mais, Seigneur, si notre gloire est dans nos propres mains,
pourquoi nous tourmenter de leurs ordres suprêmes?
Ne songeons qu'à nous rendre immortels comme eux-mêmes.
Et laissant faire au sort, courons où la valeur,
nous promet un destin aussi grand que le leur".
(Cuando enmudecen aquellos versos en sus labios, como vencido se deja caer sobre la cama.) Despiadado embeleco...
Bellos versos, palabras de Orestes que escuché en Tilsit en boca de Talma. Pero ahora..., son tan sólo bellos
versos, trágicos versos... ¡Mi gloria! ¡Mi gloria! ¿Acaso ella se halla en mis manos?... (Al interrumpirse, se
incorpora, pues sorpresivamente se da cuenta que sus manos encrespadas sostienen el retrato de Josefina
Beauharnais.) ¡Joséphine, mi precioso talismán! (Mirando el retrato.) ¡Joséphine! ¡Te has ido! ¡No te volveré a
ver más!... (Al aferrarlo con fuerza, lo apoya contra su corazón, como queriendo atesorarlo allí, y luego de una
pausa prosigue hablando en medio del extravío emocional que lo desespera.) Los hados son los iluminados maestros,
los señores soberanos de nuestros días... Sus órdenes supremas... (Gime con una angustia atroz.) En verdad un
constante tormento para mí. He pensado..., he anhelado ser inmortal como ellos. Lo admito. No lo niego. Sin
embargo, por ese motivo me he perdido para siempre. A la fortuna la he dejado obrar cuanto quiso conmigo como
un amante. Por su causa corrí... Sí, corrí donde el valor me prometía un destino sublime, y tan grande como el
de los dioses. Mas en cambio ahora me encuentro aprisionado por aquella escabrosa trampa. Y ese signo que se
ocultaba ante mis ojos. Un enigma, un nombre... (Hace una pausa meditativa.) Un hombre, W, os destruirá
definitivamente. Esto es lo que me ha dicho esa diabólica sombra... (Repite sentenciosamente.) Os destruirá
definitivamente. Os destruirá... ¿Qué nombre se oculta bajo esta letra? ¿En qué momento me será develado?...
¡Cuántas veces me habré hecho estas preguntas! Era una obsesión alienante... Largo y tortuoso ha sido el
recorrido hasta enfrentarnos en ese combate fatal, para mí. Sí..., fatal. ¿Cuándo cruzaremos nuestras armas en
mortal encuentro? ¿Ese duelo, dónde se consumará?... Innumerables fueron las ocasiones en que me lo he
preguntado. Innumerables... El pasado y el presente se mezclaban en ese impenetrable enigma del hombre de
negro... Pero de forma terrible ese misterio me fue revelado crudamente ante mis ojos en Waterloo. ¡No podía
creerlo! ¡Deseé allí morir! Wellington era el nombre tras el signo y yo..., Prometeo al borde de ser aprisionado.
Sí..., soy un eterno cautivo del poder, de los hados y de mi lóbrego destino... (Pausa.) Seriamente he pensado
en escapar. Muchas veces lo he hecho pero..., ahora sé lo que es posible, y lo que no lo es. Debo obedecer, pues
todo está escrito en los cielos, la inconmensurable bóveda celeste... (Habla al mirar fijamente la copa que está
sobre la mesa.) Tal vez mi sacrificio, la copa que me ofrece el enemigo, sirva para restaurar la corona de
Francia a mi dinastía, a mi hijo... Será un supremo esfuerzo. Lo sé... Tendré que beberla hasta la última gota.
Sí..., beberla. Saciarme con su contenido hasta el final... (Deja de mirarla al preguntarse.) ¿Para qué
prolongar esta horrible agonía?... Sería insensato. Me es imposible seguir resistiendo. Ya no soy Napoleón. ¡No!
Inexorablemente me he convertido en Prometeo encadenado a una roca inerte que está en medio del mar..., en la
nada más absoluta. Santa Elena, pequeña isla... (Vuelve a mirar la copa al expresarse.) ¡Mi sacrificio! La
corona de la desgracia. Yacer en Westminster. Inmortalizarme a través de mi muerte... (Dice al contemplar su
entorno.) Cuanto me rodea, poco a poco se va desvaneciendo en esta prieta soledad..., esta oscuridad. Debo
someterme... No puedo traspasar los límites que me han impuesto. Cualquier intento es inútil contra los Supremos
Designios, pues sus decretos son inmutables. Sus decisiones, inapelables... (Pausa prolongada.) Franquear la
distancia..., el impenetrable umbral de los siglos. Ver el porvenir, como el pasado. Mágicos e incomprensibles
fluidos nos rodean por completo y nos fascinan... ¡Cosas maravillosas! Quisiera ser mi posteridad para conocer
qué poeta pondrá palabras en mi boca... Envueltas por la sibilina bruma, abandonadas, desaparecen aquellas
tierras. Ensueños, recuerdos que atrás quedan como un camino de espuma; mientras con afán busca un navío su
último destino... (Pausa.) El viento desolador golpea su rostro, sus húmedos ojos en la lejanía perdidos... Se
agitan, se estremecen. En una tristeza muda enloquecen. Prisioneros del dolor de un desterrado; en cuya
atormentada alma se desata con furor, una implacable batalla que le arrebatará la vida.
TELÓN